jueves, 31 de octubre de 2013

Te espero en el infierno.


Joan Vilatoba, 1915


El día que me muera quiero que alguien pague por una esquela en el periódico. Que se gaste la pasta en celebrar que cumplí mi misión aquí, que marcho hacia ese lugar en el que saldaré todas mis cuentas. Bautizamos como "el tonto de la medalla" al vecino que vino hace más de un año a mi casa a comunicarme que me retiraba el saludo "por sus profundas convicciones religiosas". Provocándome toda la hilaridad del mundo. Corroborándome que a qué mejor sitio ir cuando no sea lo único que he querido ser en esta vida: carne. 

Yo no iré al cielo. 

Mi hermana asume hace tiempo que habrá una esquela en la que no quedó otra que rubricarme el personaje. Una protagonista que pudiera unir las medias de tela de araña, los tacones de 11 centímetros, la última infidelidad de Hanif Kureishi y una copa de buen vino. Una caricatura de mí misma  que geste su dolor siempre en la boca del estómago, en las tripas, dejando que ascienda serpenteando por la tráquea hasta formar ese ovillo enredado en mitad de la garganta. 

El que hay que escupir. Así. 

Ella que me quiere casi más de lo que puede permitirse, sabe que es importante que mi esquela aparezca ahí, en prensa. Para que en el momento de tirar las cenizas donde tenga a bien esparcirlas, se acerque más de uno. Aunque sea a mirar. Reunir en torno a mis caderas a todos y cada uno de los que bebieron en sus curvas, comieron en sus hondonadas y flanquearon la puerta. 

Ya que llegaste hasta aquí, aprovecha que tuviste los diez dedos agarrándolas enteras. 

Para rizar el rizo, me gustaría que mi propia liturgia coincidiera con la noche de difuntos. Que mis amantes vinieran cada uno desde su tumba. Ordenaditos o de revolera. Mirándose a la cara, distinguiéndose. Preguntándose a sí mismos si aquel puede que sea el que conoció secretos monárquicos un buen día de difuntos al tiempo que sujetaba mi mandíbula entre sus piernas. 

Sí, ése es. Por algo parece un drácula.

Reunión de pervertidos que siguieron mi reguerito de ámbar. Se lo dejé a cada uno pegado a la piel al cometer la fechoría de restregarla con la mía. El olor amaderado que no arrancaron por mucho que restregaran esponjas, por mucho que disimularan con los perfumes que otras les regalaron. Merezco además mi propia escena hilarante entremezclada con sorbidos de mocos. Y una buena ráfaga de viento que me una para siempre con toda la cinematografía que me hubiera gustado filmar.


Conduciré mis pasos hacia ese averno al que me han condenado. Donde espero estén todos y cada uno de los villanos que se empeñaron en llegar antes que yo. Seducirlos de nuevas o repetir con los que merecieron un bis. Sacar la groupie que llevo dentro y enloquecer sobre ellos. Honrar a esos muertos del único modo que sé, sacando de debajo de mi nueva cama, la que entonces esté rodeada de fuego, una inmaculada colección de zapatos de tacón para ascenderlos, enfundandos en los pies,  a los cielos de los hombros del que profundice en mis cuevas. 

Será en ese infierno en el que conmute mis pecados donde vuelvan a agarrarme los tobillos para que clave las rodillas y las manos en las sábanas. Para que pegue la cabeza a la almohada. Para que espere la resurrección de mi carne que me llega con cada pecado y lo haga en el único lugar donde podrían permitirme el lujo de elegir la plegaria cuyo salmo idolatro. 

Tranquilo, solo he muerto. 

Y te he esperado en el infierno.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Sácame a pasear

Linda Evangelista por Hemult Newton


Calibro a los hombres en dos clases bien diferenciadas. Los que me sacan a pasear. Y los que no. Me gustan los primeros, de los segundos me desprendo rapidito. 

No pienso entrar a discutir que no necesito que me pasee nadie. A estas alturas de la película tengo poco que guionizar al respecto. Solo que me gusta en numerosas ocasiones acompañar(me) de los imprescindibles con los que hablo, comparto, maleo y tomo el vermú. Con el que toca también se folla. Que nos conocemos...  

Que me paseen por todo Madrid resulta imprescindible para que les tenga respeto. Que me luzcan como lo que soy. De lo mejorcito de sus vidas.  Eso da puntos. Muchos. 

Sácame a pasear esta noche, anda. 

Solo tuve un hombre que me luciera nada más que a solas con él. Lo amé de ese modo raro que me da a mí por amar cuando lo hago sin sentirlo pero obligándome a que exista. No es amor. Es obligación. Y una vez que nuestra relación dejó de ser porque sí, porque nos apetecía y queríamos,   no quedó otra que hacerlo desaparecer. Al menos de mi vida. 

Hace casi ocho años que no lo veo.  Bien. 

A cambio, irrumpió otro que se tiró un porrón de años agarrándome del culo paseándome por todo Madrid. En vez de pasarme el brazo o darme la mano, a éste le gustaba cerrar bien la mano aprisionando uno de mis cachetes; decirme que le gustaba mi culo así de duro y guiar mis pasos que él quería entaconados. 

Me cambiaba aquellos tacones rapidito por cualquiera de los que están debajo de mi cama, de esos que no pisan asfalto. Arrugo las sábanas clavándolos en el colchón, el mismo que vamos a reventar tú y yo. 

¿No querías verlos? 

Ahora me toca a mí pasearme a mi antojo encima de ti. Así. No me miden tanto las piernas como pensabas, pero puedo anudártelas al cuello mientras me retuerzo. Empieza besándome los dedos de los pies y sube despacio hasta arriba, hasta encabestrarte en mi monte de venus. Me has exhibido por medio centenar de calles, lúcete lamiéndome que soy tu premio. 

Te ovacionaré con mis gemidos en cuanto además de comérmelo, me honres con tus dedos. Aquí cada uno chulea donde le da la gana. Yo, prefiero en la cama. 

Hay que ser de otra carne para elegir ser la amante que no se exhibe. Y yo la poca carne que como la quiero cruda y aliñada. 






miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Cenamos?


"El garbanzo negro"; C/Sacramento, 18 (Cádiz) Foto: Julián Jaén



Busquemos una excusa para salir a celebrarlo. Sea lo que sea. Vayamos a esa taberna en la que podamos hablar, reír y airear nuestras vidas, mientras comemos lo que más nos apetezca. "Yo como de todo. ¿Y tú?", esperando que me digas que sí, que me siente en esa mesa. Si hemos llegado hasta aquí no te pongas melindroso. 

Te gusta todo. Como a mí. Solo faltaba. 

Tendrás que elegir tú; normas de la casa. Ya te he dicho que tengo buena boca, así que no me hagas escoger. Qué quieres tú; yo ya me tengo muy estudiada. Que yo me dé cuenta de quién eres; venga. 

¿Vamos de vinos? Perfecto. 

Eso implican tapas. Mitad frías, mitad calientes, no discutamos antes de tiempo. Quiero saber de una vez, si eres más de acedías fritas o de solomillo de cerdo ibérico con foie.  

No es lo mismo coger con los dedos las puntillitas fritas y las tortillas de camarón, que pedir aceite (de oliva virgen o te parecerán ruines) y dejar caer un pequeño chorrito sobre el canapé. Sí, con ese gesto de exquisitez gastronómica, de ser una simple tapa la has convertido en canapé. Mucho más fino. 

¿Eres de los que en el fragor de la conversación no puede terminar de masticar? ¿Veré un poco de comida en tu boca? Quiero comprobar si desmigajas el cazón con los dedos o si descubres al primer mordisco las croquetas de boletus. La ración las trae mezcladas; vete tú a saber cuáles son. 

Me gustará tu originalidad para no limpiarte los dedos de la mano con la servilleta. Buscarás el pretexto perfecto para llevártelos a la boca y lamer intentando alcanzar una pizca de sal de las gambas. Qué ricas están, ¿a que sí? Y si te da por la brandada de bacalao con ali oli, me parecerá bien. Aunque te sugiero que no me lo pongas tan difícil. Ajo a la primera, no. El jamón de pato lo traen sudado. Muy rico. Tanto como para que me vaya a intrigar muchísimo seguir el rastro de su recorrido por tus labios. Será un lametazo rápido que robaré. 

Así, ven... 

Tengo la sana costumbre de quedarme justo enfrente para cerciorarme de que no solo me miras a los ojos cuando hablo yo; solo faltaba. Si cenas conmigo también tendrás que mirarme a la cara cuando hables tú. ¿O aspiras a que Cristina Rota te descubra por la calle y ensayas tu gesto de chico perdido conflictivo? Lo siento, el papel ya se lo llevó Dani Martín y Bigas Luna fue el último que intentó sacar provecho de semejante cobardía. 

A cenar se viene leído. 

¿Quieres postre? La leche frita casera rezuma lo suficiente como para que cuando me des a probar, puedas seguir el recorrido de la gota que caerá desde la cuchara camino de mi boca. Tranquilo, no chorrea; solo humedecerá la piel contra la que se estrelle. Seré entonces yo la que calcule las probabilidades de que me compense que te resarzas del resbalón. Mientras tanto, déjalo. 

Ya me limpio yo el escote.   

Si en esta taberna podemos tomar un café, lo quiero con hielo y una rodaja de limón. Lo bueno de juntarse con Mamen es que aprendes a vivir rico. Por eso le salen tan bien los guiones a esta mujer que tiene el nombre en clave perfecto para Iñaki Urdangarín: Mamen del Castillo. 

Por supuesto, el chiste se le ocurrió a ella. 

A todo esto no le he prestado ninguna atención al vino, perdona. No recuerdo haberlo probado antes a pesar de que no soy ninguna experta en caldos. Solo sé que me gustan. Mucho. Me apabullan los hombres que saben de vinos. Máxime si son capaces de elegirlo resumiendo su calidad en una sola frase para explicarme por qué ése y no otro. Apenas cinco palabras perfectamente hiladas con los adjetivos exactos que describen cómo es el que se escoge en una carta en la que hay más de tres... A mí. Que más allá del Pago de Carraovejas no se me ocurre ninguno. 

Tenías que escoger tú; ése era el trato.

Disfrutaré observando cada uno de tus movimientos durante la cena, calibrando cómo usas las manos cuando te mueres por llevarte un pedazo de lo que sea a la boca. ¿Devoras? Yo sí. Observaré si te gusta la carne o el pescado, el dulce o el salado, el frío del bacalao que apenas ha abandonado la cámara frigorífica o más bien te cuesta esperar a que se temple el revuelto de caviar de erizos. 

Come y déjame que sepa más de ti y entérate de lo que quieras de mí.Yo me chuparé los dedos. 

Solo te pido que si vas a escoger el vino, elijas bien. No vaya a ser que jamás desperdiciara la oportunidad de tener una buena excusa para volver a brindar contigo.  



sábado, 10 de agosto de 2013

La guerra de todos los veranos.

Réne Gruau

Nos gusta que nos miren. Mucho. Nos chifla que se den cuenta de que entramos en una habitación, detestamos que nos ignoren, nos apasiona que se den la vuelta para corroborar que somos reales. Esa sensación sublime de mantener la mirada de desconocidos, sortear las de los que nos critican, supeditar la de los que nos imaginan. Nos supera. 

Dejamos de mirar cuando nos acostumbramos a lo que vemos. Y a mí me gusta que dejes la luz encendida si tienes previsto meterme mano. 

No me perdería por nada en el mundo confirmar que eres de los que me agarra las caderas cuando me pongo encima de ti. Que tienes las manos grandes, si lo sabré yo. Pero encima quiero ver cómo aprietas los labios, mordiéndote un poco el de abajo y sacando colmillo. Es como en las películas porno; prefiero planos cortos y elegantes de una lengua repasando el sexo perfectamente depilado de la actriz. 

Así entrarás mucho mejor, ¿lo ves? 

De eso se trata: de ver. De que me veas y yo a ti. De que me tengas y tenerte a ti. De querernos como si no hubiera un mañana porque no lo hay. De que no dejes de buscar mi cara cuando tuerzo el gesto al partirme en dos con la repetición de tus embestidas.Todo un compendio de virtudes que aparcamos con nuestras parejas oficiales y que llegado el verano recuperamos con nuestros amantes.

Será por eso, porque nos gusta que nos vean, por lo que yo me he cruzado estas semanas con cierta infidelidad perfectamente paseada. Parejas erráticas que no erróneas. Ya me cuido yo muy mucho de valorar si mejor con sus respectivos o con los amantes de este verano. Y entonces me doy cuenta la de años que hacía que no veía al infiel besando en la calle a sus amores de libro. 

Entramos en los cuarenta revolviendo los mismos armarios pero buscando en diferentes cajones. Los reyes del melodrama.

Nada más excitante que tentar a la suerte de que nos pillen. Ese debe de ser el único motivo por el que yo me cruzo por Chueca con el soldado que va a perecer en el campo de la indiscreción. Porque todos luchamos con las mismas armas. Nos gusta que sean otras manos, no las de siempre, las que nos quitan el vestido y acarician nuestra espalda. Otro olor más amaderado y menos dulce el que deja regueritos invisibles por nuestras corvas. Dedos que tuercen hacia otro cuadrante sorteando la gomilla de la braga, implorando camino libre. Calibramos los nuevos besos reconociéndolos como ajenos. Regalados. Caducos. Besos que no nos pertenecen, que no podremos guardar.
 

Amores de verano de los que no querremos ni acordarnos o como mucho pasarán a engordar una larga lista de pecados de los que no cumpliremos penitencia. Amores furtivos con los que no tenemos prejuicios. Amantes de los que no nos escondemos, el calendario ya echó a quienes nos obligan a disimular. Los que nos ven no importan. Los que nos duelen no ven. Los que presencian envidian. Calorinas batallas que ubican sus tropas apoyándolas en un coche aparcado en cualquier calle, tanques de deseo que separan las piernas, lo justo para que avancen en fila india los batallones que atacan detrás de la oreja, esos que se empeñan en demostrar aún más talante incluso cuando conquistan el bastión.

Y se apoderan de él. Estas batallas están ganadas. No habrá revancha. 

Siempre llegará el mes de septiembre a salvarnos de toda rendición. 







miércoles, 24 de julio de 2013

Silencio; se rueda.




Jesús Robles y María Siveyro en la entrega del Premio Especial a la librería "Ocho y Medio", que les entregó el secretario general de la Unión de Actores, Jorge Bosso (dcha). EFE/Archivo


- Qué gran actriz se está perdiendo el cine español contigo. 

Las frases de Jesús parecían sacadas de una película. Las declamaba acabándolas con la musicalidad del que se ríe de todo. Distanciándose de lo que era cruel, amansando lo que era salvaje. Dejando su impronta. Su firma. Parecían sacadas del guión de una buena película. La suya. 

Jesús no merecía morir. Como ninguno de los que se mueren antes de tiempo, Jesús tendría que seguir aquí. Su final solo podía ser un "The End" en mitad de una pantalla gigante, de esas que aparecen al final de las películas, escritas con buena caligrafía. Y así fue. Autor de las mejores películas de mis reconstrucciones emocionales, Jesús guionizaba esos encuentros que parecían fortuitos, cocinando durante todo el día para reunir a unos cuantos en torno a su mesa. A comer enfrascados en conversaciones en las que nos abríamos en canal. Política, miedos, valores, amistades, sueños, rupturas y hasta amantes. Nos llevábamos todos nuestros fantasmas para escupir nuestras mierdas y poder terminar todos riéndonos de ellas. 

También nos reíamos de él. De su vehemencia, de sus cabreos, de su tristeza por las injusticias que le ocasionaba haber apostado por algo tan pecaminoso como el cine español. El español, nada menos. Y no porque no tuviera razón, más que un santo, sino porque era incapaz de formular su enunciado sin terminarlo con una idiotez o un cotilleo goloso que alejaba rápidamente la conversación del dolor y la recuperaba en torno a la guinda sabiamente colocada. Sin desvelar secreto alguno; endulzando con un postre. 

La palabra de Jesús era la fábula que María confirmaba. Tenía la imperiosa necesidad de transformar el melodrama en comedia, muy a lo Howard Hawks.  Era ella la que terminaba el relato que su marido había convertido casi en sainete, para no dejar a la audiencia con la duda. Ellos dos, su hija Begoña y Lucas, el perro faldero de la familia, formaban muy buen equipo. El mejor. 

Jesús siempre supo que iba a morirse. Lo tenía claro. Maldita la gracia que le hacía pero era capaz de terminar el diálogo que debía propiciar que todos los espectadores lloráramos a moco tendido, con una de sus frases gloriosas y arruinarte así la posibilidad de desatar tu nudo. 

- Saldré en los homenajes de los próximos premios Goya. 
- Tú eres idiota, Jesús. 
- ¡Siempre quise verme en cine!


Así dejó de discutir conmigo, empeñada en ir a su casa a verlo porque sabía que la quimioterapia lo dejaba baldado. La decrepitud no iba con él, como tampoco va con ninguna de las grandes estrellas de Hollywood. Jesús era cinematográfico hasta para eso. Y ya que no había podido elegir la escena final, ésa que sale justo antes de que aparezcan las palabras finales, Jesús decidió que mi último recuerdo con él fuera nuestra última cena, a finales de invierno. Con un grupo de amigos, cada uno con sus mochilas, intentando salvar nuestro mundo y de paso el que compartimos con el resto. 

María no descansa. Para qué. La librería sigue abierta aunque el ayuntamiento se empeñe cada dos por tres en sacarles un fallo a ver si puede deshacerse del hervidero ése en el que lo mismo hay teatro, que te tomas  un café delicioso. Un lugar en el que se proyectan los cortos de Iván Zulueta con toda esa carga que a mí personalmente me abruma. Y se traen a Will More, el protagonista de todos. Encima. Para verlo tomar un agua con gas en esa terraza divina en la que pasar este sofoco de mes de julio, que como siempre vino para quedarse hasta primeros de agosto.

Con los ojos un poco más gachos pero igual de sensata que cuando terminaba la escena que su marido dejaba inconclusa, María tira del carro. Se empeñó durante 34 años en pasar por actriz secundaria de la película en ocho y medio que rodó junto a Jesús. Como si eso fuera posible. 

Ese guión se escribe con ellos dos al alimón. Que uno de los protagonistas ya no esté no cambia la esencia de la película; una película que se sigue rodando. Hasta el final.

jueves, 27 de junio de 2013

Italianos

Gianluigi Buffon


He estado en Italia una docena de veces. La primera, una semana con una amiga; la segunda yo sola, más de veinte días. Además, una media docena de veces por cuestiones profesionales, la última cuando murió Juan Pablo II. Incluso me mandaron casi un mes a Cervinia, Valle de Aosta. Un lugar precioso y aburridísimo, en el que no había más que los lugareños y la selección española de esquí paralímpica preparando los Juegos Olímpicos de Nagano'98. Bendita cita llena de pecados... 

Pero esa es otra historia. 

En total, debo de haber pasado unos 3 meses en Italia. No está mal. Hablamos de Italia. Ese país donde los hombres más apuestos del planeta, siempre perfectamente aseados y vestidos, persiguen, agasajan y conquistan a todas las mujeres que conozco. A todas. 

A todas menos a mí. Soy con toda probabilidad una de las pocas mujeres que no han ligado con un italiano en Italia.

Y mira que les he dado oportunidades... Si a mí se me conquista con un poco de labia, muchas risas y sobre todo rapidez mental para soportarme. Qué necesidad hay de marear la perdiz cuando lo peor que puede pasarme es que todo quede en un polvo que no se repetirá y con suerte puede hasta que me den literatura. 

Pues no. 

Claro que he tenido aventuras en Italia. Sólo faltaba. Si no fuera así me sentiría repudiada casi por la madre patria, la que pudo verme nacer en la misma proporción que ésta. Incluso en una ocasión tuve un amante italiano que fue a verme a Roma. Era yo la que trabajaba allí, no él. Y lo conocí en la Gran Vía. Así que ése no cuenta. 

Pero ligarme a un italiano mientras paseaba por Villa Borghese, jamás. Ni siquiera por Campo dei fiori. Y mira que me llevo bien con Giordiano Bruno, uno de los primeros en hablar de otras vidas mucho más inteligentes en otros mundos. 

No estos mierdas. 

El caso es que ningún italiano ha tenido la delicadeza de cruzarse conmigo por cualquier ciudad de su país para susurrarme "bella" a la luz de la luna, como le ha ocurrido hasta a la vecina del primero C. Sí, la que no me saluda. 

Y les tengo unas ganas... 

A mí ese look italiano me apetece mucho; confieso. Porque mira que he visto italianos horteras en las playas españolas, de esos de peto vaquero sin camiseta y todo. Pero si pienso en cualquiera de los italianos que he conocido en su país, confieso que la mayoría eran elegantes, educados, amables y alguno hasta guapo. Me llevaron a cenar, me pasearon en moto, me enseñaron a golfear en Roma y vi amanecer con alguno de ellos. 

Sexo, cero. 

Ni un beso, ni un roce, ni un mantenerme la mirada para hacerme creer que puedo perderme en sus brazos porque siempre me enseñarán cómo salir de sus vidas.Reconozco llevar un poco mal eso de que no me hagan ni caso y actúen como si fuese transparente. Yo, que en Madrid soy la reina de Moratalaz, chaval. Donde no se me resiste ni uno. 

No me queda otra que conformarme con imaginarlos. Y elijo que mi italiano preferido, por supuesto tengo uno, prepare desayunos repletos de frutas y zumo de naranja.  Tempranas comilonas con tostadas de pan de centeno, mantequilla salada y sobre todo mermelada casera. Sí, casera. Cocinada por él. Almibarando  hasta conseguir una jalea cuajada de bocados de fruta para que la que más nos guste sea la de higos. Morada, dulce, rebosante de pepitas diminutas. 

A mi amante italiano le da por untarla sobre un un lecho blanquecino con el toque de sal, que se derrite al caerle la  mermelada purpúrea. Juega de nuevo a alcanzar con la lengua hasta el último resquicio que queda a la vista. Y los que no se ven también. Utilizando en ocasiones los dedos no vaya a ser que en algún hueco quede un pequeña porción de mermelada de ésta que tanto le gusta comer. Así, claro que sí. Sabiendo que si giras un poco los dedos sin dejar de buscar con la boca toda la confitura será un placer escuchar el crujido de la tostada. Esa boca sólo puede tener ese objetivo si se trata de que yo la esboce.

Hay sonidos que me delatan. 

Yo a mi italino lo quiero capaz de abrazar al contrario demostrando respeto después de la última pelea. Respeto y admiración. Un tipo de esos que descienden hasta los infiernos si su escuadrón pierde los galones en un asunto escabroso. Salvaje la curita de humildad que tan bien le viene. Mi hombre sabe que volverán a alcanzar de nuevo el cielo, por muy de segunda categoría que esté su destierro; sólo es cuestión de tiempo. Y ya que no fui tan afortunada, me resarzo recreando para mí solita esos desayunos de mantequilla salada y mermelada de higos que terminan crepitando.


No vaya a ser que en mi próximo viaje a Roma me venga cualquiera de uno noventa y uno y ochenta y tres kilos de peso. Lo preferiría con los ojos verdes, pero me conformo si son azules.Y con las manos enormes, de esas que recogen al vuelo lo que le echen.

Incluida yo.

viernes, 31 de mayo de 2013

31 mayo 2013

http://styush.com/






Yo, que soy muy de almacenar fechas, tenía marcado el 31 de mayo en el calendario. Desde noviembre de 2012, que tuve la suerte de que me miraran a la cara y me dijeran "Me gustas". Así, en la primera cita. Con lo que impresiona.

Ni siquiera miramos en un calendario la fecha, la dijimos así, a voleo. Calculando mentalmente cómo podría ser esa espera. Pensándonos cada día, imaginándonos de nuevo frente a frente. Citándonos a decidir qué hacer con nuestras vidas. Si seguir acunados cada uno por separado o buscarnos entre unas sábanas recién estrenadas. Y enredarnos. A ver qué pasa. 

Poco más de 6 meses ganándome a pulso la penitencia que me va a caer después de cometer el pecado que estoy dispuesta a perpetrar. Completa. Enterito. De principio a fin. Admitiendo que soy yo la que ha magnificado esta relación; asumido está. No nos vamos a engañar, soy la reina del melodrama. 

Anoche recibí su mail. Primero una disculpa por no haber escrito antes, tres líneas escasas en total, finalizando la última frase con un "mucho mejor". Apenas una caricia después de haberme precipitado. Sí, soy así. Bastó que en un mail me pidiera que adelantáramos la fecha, la del 31 de mayo de 2013, para que yo confesara .

Con eso me basta. 

Me asaltan mil dudas, le habré dejado de gustar. Se habrá mordido la lengua arrepintiéndose de aquella conversación cargada de proposiciones de lo más deshonestas. Después de horas y horas de cómo, cuándo, dónde y con quién he querido. Permitiéndomelo todo

Sí, todo. 

No juzga ni cuestiona que tenga amantes más jóvenes, de esos que esperan a que se apague la luz en el portal para meter la mano debajo de la falda buscando el borde de la braga y acariciar todo lo que deseas que te acaricien. Ni le importa lo más mínimo que me esconda en el mejor espectáculo de sexo del mundo, una habitación con un escenario sobre el que gira una cama mientras se folla disfrazada con la parafernalia elegida. Y los juguetes que quiera. Esposas, cintas de cuero, bodys, consoladores.. Todo. 
Mientras ocho desconocidos miran desde sus cabinas. 
Masturbándose contigo, por mí. Eso además de pagar 100 € por ese espectáculo totalmente deseado, provocado y disfrutado por los actores. O sea yo. 

Todos los amantes que quiera. Todos. 

Me lo consiente pero me pide que espere. Que espere más. Y lo dice sin poner fecha. Sin trasladar la respuesta a otro día, sólo que espere. Cediéndome tan sólo ese "mucho más" al que me aferro con las manos y hasta con estas piernas que envejecen fatal pero siguen siendo largas. Para atarlas a la espalda, hincarlas en sábanas y apoyarlas en hombros con las sandalias de tacón en los pies. Y ver entre ellas la cara del que justo un momento antes lamió buscando y encontrando. 

Quién puede esperar con semejante panacea. Haciéndome sentir la verdadera persona que quiero ser. Engolosinándome con ese autorretrato perfecto. El que corona este post fotografiado por una mujer, Anastasia Chernyavsky. Y no, no me gusta del todo su trabajo, pero ésta instantánea me fascina. Desnuda, con su bebé en brazos, su hija abrazada a la otra pierna y una gota de leche cayendo del pecho. 

Espero; cumpliendo mi penitencia por permitirme vivir del único modo que siempre quise. Porque también estoy de celebración: hoy hace 32 años que hice la Primera Comunión. El cuerpo de Cristo se lució conmigo. Prefiero de siempre las obleas de Salamanca. 

Espero; preparándome también para el rechazo. 

Pongo una única condición: Descarnémonos sin hacernos daño. Es todo lo que nos queda.