martes, 16 de abril de 2013

Álbum de fotos.




 
Manu Brabo tras 6 semanas preso por las autoridades libias por entrar sin permiso en el país



Nunca he estado en una guerra, ni tampoco he tenido que refugiarme en una trinchera para poder realizar un reportaje. Tampoco me he visto obligada a pasar de un  lado a otro de ninguna frontera esperando a que fuera de noche para que ningún francotirador acabara conmigo con la misma facilidad con la que yo estampo una mosca contra el cristal cuando me molesta las tardes de verano. 

Yo ya sé que llegado el caso, seguramente no sería lo suficientemente valiente como para embarcarme en una de ésas en las que hay que informar desde el epicentro de las desgracias que asolan esta mierda de planeta. Y eso que empecé trabajando con algún que otro periodista de los de  verdad, capaces de utilizar sus vacaciones para entrar en Chechenia y grabar a los grupos rebeldes que amenazaban con dinamitar el Kremlin con quien fuera dentro. Ellos son de otra pasta. De la mejor. 

De esos era Ricardo Ortega y ésta fue su última imagen. Ocurrió en Haití, donde murió abatido sin chaleco y sin casco.

Me hubiera gustado mucho más que hubiera regresado y comérmelo a besos por haberme enterado a través de sus crónicas de lo que realmente ocurría en la isla caribeña. Porque Ricardo era de los que no mentía. Nunca. 

Se largó voluntariamente de Antena 3, su casa y dejó que se colgaran la medalla de haberlo despedido quien jamás pudo prescindir de él. Ni siquiera cuando pidieron su cabeza después de un directo desde Washington.  

Ricardo se fue de Antena 3 para volar a Haití como free-lance, detrás de la noticia y de quien él creía que podía darle más sal aún a su vida. A hacer sus crónicas, como siempre. Y a que las emitiera Antena 3. También como siempre.  Eso es un periodista y lo demás es tontería.  Ricardo era capaz de roer huesos si era necesario que los espectadores reconocieran la procedencia de su propio cadáver. Hasta que llegó un marine americano y lo mató en un callejón impidiendo que mostrara quiénes devoraban a quién.

Durante años pensé que lo habían largado como a los casi 400 que salimos con el ERE. Pero la misma persona que me reconoció con tranquilidad y mesura que yo había sido despedida de esa cadena porque mi máximo responsable no me quería en su equipo, me sacó de mi error hace bien poquito. Ricardo pidió una excedencia  para viajar a su antojo y no ser arrinconado en ninguna redacción, en la que por otro lado, jamás habría sido feliz. Agradezco infinito al que me sacó de mi error. Así  quiero yo a los jefes máximos: impertérritos si se les antoja, pero honestos.

Jefes hay de muchas calañas. Y no todos dan la cara.

Manu, el tipo que lloriquea en la fotografía con la que empiezo este post, es de esos también. A él no le quedó otra que tirar hacia el epicentro del horror para vivir de su trabajo. Ahí, donde la mierda más absoluta más que salpicar inunda, pero donde ejercen su profesión porque los medios al uso ni se plantean costear semejante dispositivo. ¿Estamos tontos o qué? Pagarán las fotografías de agencia, por supuesto, siempre muy por debajo de lo que deberían. Y que no den mucho la plasta, que manden las fotografías para que el jefe de turno desde su despacho determine cuál sí y cuál no. Que el que elige a quién pagar la intantánea desde una mesa inmensa sí que es de los listos. Seguro. 

A Manu le ha pillado por sorpresa que le hayan concedido el Premio Pullitzer 2013 junto a otros cuatro compañeros de Associated Press por la mejor cobertura gráfica informativa. Un trabajo en Siria que en su día ni siquiera sirvió para ser contratado o tentado por cualquiera de los periódicos importantes del país. De su país. El nuestro. Por mucho que todos los putos días recibieran su goteo de imágenes atroces: Una guerra de la que muchos no quieren siquiera que se hable. No vayamos a preguntarnos por qué se permite la masacre de un pueblo que no es ni se parece a los del primer mundo. Algo tendrá que ver que el que tiene que decidir si Manu merece una oferta de trabajo hace años que no sale de su despacho. Casi mejor. Ahora puede que sea editor gráfico, alguno incluso es de multimedia, pero más de uno recordamos sus mediocres instantáneas cuando publicaban su trabajo. Y Manu tiene un premio que ése que hoy es jefe ni siquiera podrá tocar con sus propias manos. A cambio, el pedazo de fotógrafo que se enjuaga las lágrimas, apenas tenía un año cuando nació "Naranjito", pero fíjense bien en su cara: parece de mi quinta.

Soy lo suficientemente cinematográfica como para creer en la teoría de las compensaciones. Igual que sé que el día que mi chico se líe con la rubia de las tetas gordas a mí se me aparecerá Cholo Simeone (uno de los que están en mi "lista de los cinco permitidos") a suplicarme que coloque mis tacones en sus hombros. Por eso sé que la justicia divina, que no es otra que el tiempo poniendo a cada uno en su sitio, colocará a los protagonistas de esta historia donde cada uno merece. Mientras todo el planeta puede ver el trabajo de Manu con un simple golpe de "clic", hay quien se tiene que conformar con haber pasado a la historia de la fotografía por haber aparecido por alguna revista del corazón como acompañante de alguien infinitamente más famoso que él. Ya ni recordamos que un día miró la realidad a través de un objetivo. Seguramente porque nunca supo disparar como para que su obturador atrapara la imagen precisa y en el momento exacto. Hay quienes sólo ordenaron fusilamientos en las filas de los periódicos. Apenas tenían un álbum de fotos pero entendieron el triunfo quitándose de encima a grandísimos profesionales, a los que, como a Manu, nunca llegarán ni a la suela del zapato. 


jueves, 21 de marzo de 2013

El novio de Roberta



Milo Manara. El click. 





Después de ocho años, Roberta tiene novio. Mira que se empeñó en escapar de esa lotería en la que siempre perdía pasta, salía mal parada y terminaba con un agujero en el alma aún más grande que el hoyo del que escapó para venirse a Madrid. Pues ahora tiene novio. Y guarda en el móvil un montón de fotografías que te enseña en cuanto te ve, para que corrobores con ella, que el chaval tiene buena planta, que no importa si es más joven porque no se le nota y que éste ya sí que sí, le da lo mismo a lo que se dedique. Me lo contó la otra mañana que fui a verla. Necesitaba hablar con ella, que me contara, que soltara por esa boquita de labios gruesos lo que le viniera en gana, abrazarla, decirle lo guapa que está porque mira que es guapa y que llenara mi vida de esperanza de ésa que sólo quien sabe de verdad lo que es no tenerla, te la puede regalar. Lo demás todo son poses. Y a mí ya no me caben más. 


Rubia de un bote tan barato que a veces parece que se ha teñido con plastidecor, con las piernas eternas, de las que pueden hacer una lazada en la espalda del que sea. Cara de chula. No, de rechula. Y siempre sobre unos tacones que obligan a rendirle pleitesía nada más verla. Y ahora enamorada. Como una perra. 

Roberta debe de haberse acostado con más hombres que todas las mujeres que conozco juntas. Uno detrás de otro. Sin dejar títere con cabeza y merendándoselos a grandes bocados, sin saborear ni lo salados que son ni si llevan o no tropezones. Ella sólo abre la boca y acaba con ellos. Pasan por su vida como una exhalación y desaparecen como una mala tos. Sólo los más persistentes consiguen que recuerde sus nombres. Que ella es de las que nunca supera los quince minutos, tampoco necesita más. Tiene el récord.  Y ahora mucho menos; está enamorada. Cuanto  antes lleguen las nueve de la noche mejor. 

Es a esa hora, cuando ya cierran todas las empresas, cuando Roberta se baja de su púlpito de once centímetros y enfila para el Cercanías. Dos kilómetros y 300 metros, lo tengo calculado, saca su abono transporte de la zona B1 y se va a casa, donde la espera su amor. Un chaval de 23 años, que aguarda con la cena hecha y que no le pide jamás dinero. Ni siquiera cuando es ella la que quiere que se lo pida. Roberta se acostumbró a que todo lo que ganaba tenía que compartirlo y no entra en razones si está con un hombre que no toca su dinero. 

El novio de Roberta tiene una piel lisa, suave y divina que ella acaricia y besa con devoción. Con él elige vestuario cada noche con mucho más detenimiento que para el resto. Una camiseta de algodón, unos pantalones cómodos de los que la tapan hasta los tobillos y una bonito jersey que le tejió su abuela antes de que se largara de casa porque se había quedado más sola que la una. Que el invierno es duro, pero peor es tener que pagar el gas cada dos meses. Roberta se desmaquilla nada más llegar a casa, se toma la sopa hirviendo que su novio le ha preparado y se hace un gurruñito a su lado hasta que se van a la cama. Donde entonces ya no hay goma, sólo piel. Para que Roberta confirme a qué sabe la carne de hombre cuyo sabor ya había olvidado, metiéndose en la misma boca, con suerte profanada una veintena de veces ese día, el único trozo por el que ella no pondrá el cronómetro y que lamerá cien veces tardando el máximo posible para que ambos disfruten. Él con su empeño, ella con su sabor. Agarrándola con las dos manos y mordisqueándole la corona suavemente con los dientes, dejando que el labio inferior recorra todo el tallo hasta llegar a la cúspide. Esmerándose y deleitándose a partes iguales. No dejándole respirar siquiera antes de ponerse encima, a perderse en su pecho que siempre está limpio, que siempre huele bien. Apoyar las dos manos sobre los pectorales, separados por un caminito de hormigas de vello, colocarse encima y dejarle que entre dentro. Guiándole si hace falta, que nunca lo necesita, ya se sabe el camino. Notando cómo la de su novio se amolda a cada recoveco de su cueva y provocando ¡por fin! que Roberta se derrita. Sólo cuando están empapadas las sábanas, ambos se dan cuenta de que cuánto se necesitan el uno al otro, que son esos abrazos los que llevan todo el día echando de menos, que son esos gemidos que no son fingidos los que deberían escucharse hasta en el infinito. Las caras que el resto esperan se consiguen pronto; basta con ver cuatro películas porno.

El novio de Roberta ha venido a revolverle las entrañas. 


Para Roberta todo era una transacción económica. Todos estos años ha esperado a que en vez de amor a raudales la sorprendieran con muchos ceros en una cuenta corriente. De esos que no se sabe de dónde vienen y que nadie se preocupa en descubrir porque eximen a sus propietario de responder ante autoridad alguna. Así, a paladas. En eso pensaba Roberta cada vez que se subía a un coche, tiraba para el descampado, abría su bolso para sacar un condón y colocárselo al maromo en cuestión. Hacerle una caidita de ojos sin por supuesto besarlo, tocándolo lo justito y necesario para ponerle la goma. Y venga. Abriendo esos labios de pecado que tiene y metiéndosela en la boca, utilizando sus gloriosas artes para que quepa entera al tiempo que succiona haciendo gorgoritos que parece que le salen de la mismita garganta. Todas tenemos nuestro truco. Permitiendo por supuesto que le toquen esas tetas de infarto que quisiera tocar hasta yo pero separando muy mucho hasta dónde va a llegar, que son 20 el completo y 15 chuparla. Si quieres fiesta por todo lo alto no queda otra que soltar 50; ella te devuelve los 15 que te sobran, tranquilo. 

Puta sí; honesta, más que ninguna. 


Regresé a casa después de ver a Roberta con el pelo chorreando porque ni paraguas llevábamos ninguna. Con más besos de los que me dieron en todo el resto del día y con la sensación de que el amor sólo puede ganarse como ella se lo ha ganado, diciendo la verdad. Y con la absoluta certeza de que Roberta esa noche dormiría abrazada al hombre que ama y que consiente que se busque la vida como ella ha elegido. Roberta es de las que prefiere ganar 100 € la hora con desconocidos que deslomarse quitando basura ajena por diez veces menos. Porque, dejémonos de mierdas, todos conocemos a esas otras putas que no merecen ningún respeto, por muchos trajes de marca que luzcan y sean de las que cada domingo cumplen con los preceptos de dejarse ver con la familia al completo. Aunque en vez de en Marconi trabajen en despachos de plantas altas, consiguiendo trabajos y ascensos que no merecerían jamás y haciéndoles la vida imposible a todos los que las rodean. Ésas a las que se les llena la boca al hablar de ética y decencia, que en vez de clavar las uñas sólo en la espalda del hombre que las hace felices, como hace Roberta, apuñalan por la espalda y patean a los que sufren varios escalones por debajo. 

Yo prefiero a Roberta. Para regalarle a ella y a su novio una buena canción. Y que esta noche la escuchen cuando se amen como muy pocos sabemos amarnos ya. 





jueves, 14 de marzo de 2013

Auto de fe




Siento debilidad por los hombres con cicatrices. Soy de buscarlas en el cuerpo del hombre con el que deseo acostarme, fijándome hasta debajo de las cejas si es necesario, sólo por darme la satisfacción de encontrarlas y permitirme el inmenso lujo de perpetrar mi pecado. Son la fumata blanca que en vez de anunciar la llegada de gloria bendita con la que encontrar la poca piedad que tengo dentro, me conceden la bula exacta para hacer lo que me viene en gana. Que suele ser mucho. 

Por eso cuando las encuentro ya no hay excusa. 


A veces tengo la suerte de verlas claras, en mitad de la cara, atravesando una mejilla y pidiendo a gritos una explicación. Que me cuente la historia, todas las cicatrices tienen la suya. Que la adorne con los datos que quiera, no pienso corroborarlos. Y después que haga y deshaga a su antojo. Seguro que coincidimos. 



Será por eso por lo que le resulto tan fácil a los canallas. Pero sólo a los listos. De bobos ya tengo el cupo completo. Quiero toneladas de los que me aguantan la mirada olvidando perderse en un escote, bien falso en mi caso. Esos que se la suda si llevo las bragas rosas y el sujetador negro sin guardar la más mínima concordancia porque no me han llevado hasta este punto para que les haga el pase de modelos sino para arrancármelos ambos. A mordiscos si es necesario. Y sostenerme las piernas por encima de su cabeza para perderse entre ellas, consiguiendo que empape la tela que hay encima del sofá para disimular los años de envites. Que son muchos, ¿a qué sí? 



Son esas cicatrices insultantemente seductoras las que me colocan a mí de rodillas sin más plegarias que su bendito placer. Prometo esmerarme hasta el último segundo no vaya ser que no haya un mañana. Y si él es de los que entonces elegirían liarse a tiros, yo prefiero otra opción que me reporte el mismo delirio. Así, en esta postura tan mística, prefiero no esperar las campanas de ninguna iglesia tocando a felicidad plena. Ya junto yo las manos en señal de arrepentimiento dejando que quepa justo en medio, no vaya a ser que crea que no conozco la liturgia. Soy de fijarme mucho en los detalles, para repetirlos en esta homilía. Y tengo los ojos muy grandes, para poder mirar al de la cicatriz cuando me aparte el pelo buscando verme la cara bien.¿o será la boca lo que quiere ver? Inescrutables caminos los nuestros. Dejaré entonces que suelte los quejidos que jamás se permitiría si en vez de estar dándonoslo todo perdiéramos el tiempo intentando arreglar el mundo. 


El mundo, si tiene cicatriz, no existe más allá de mis oraciones, que no son otras que éstas. Las que me obligan como buena penitente a confesar que me gustan los gintonics y me los sé beber con él también dentro. Tuvimos suerte de alcanzar la edad justa para que, cuando consiga que lo que le pierda sea sólo mi boca, hacer que sea dentro de ella donde esconda su rosario. Sí, seguro que puedo. Así cuando al de la cicatriz le asalten las dudas sobre su fe, no le quedará otra que rezarle en todo caso a Linda Lovelace.  


De algo me tiene que servir haber nacido justo un mes después de que se estrenara la mítica película. 

jueves, 7 de marzo de 2013

Reset




Hace casi dos meses que me alimento fundamentalmente de pan, mantequilla con sal, fruta, algo de verdura, poco pollo, un poco más de pescado, nada de carne, mucho té y aún más cigarrillos de liar. 

Encajo sin hacer grandes dramas que mi hijo abra el frigorífico buscando el postre y, cuando no encuentra lo que le apetece, me diga con voz de señor mayor de Murcia  "no hay yogures porque aún no has cobrado, ¿verdad Mamá?" No, no hay yogures porque aún no he cobrado, pero tranquilo que esta tarde te traigo. No va a ser ése el lujo que nos quitemos. Lo juro.

Los lunes son un suplicio. Y también los martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos. Porque abro el ojo en la cama a las 7'30 de la mañana para comprobar que no hay ninguna necesidad de tanta prisa. Ya no ficho en ningún sitio y ahora somos dos los que podemos llevar al enano al colegio. Aún hay un miembro de esta familia que tiene una hora de entrada. 

Tiemblo cada vez que suena el teléfono o el telefonillo. Un sábado doce de enero sonó ese mismo timbre y me dieron en mano un burofax con el que ponían punto final a mi relación laboral de casi 8 años con un canal de televisión que murió por culpa de políticos ineptos y que sanearon despidiendo a sus trabajadores. Sobra decir que dio lo mismo la profesionalidad para dejar dos plantas completas del canal exterminadas como si hubieran fumigado. Y que por supuesto de nada sirvió la profesionalidad para ir al matadero. Desde entonces todas esas llamadas traen noticias igual de demoledoras. Ya sea el banco, el seguro del coche que no hemos pagado o la Agencia Tributaria. Que me inspeccionan. A mí, que me hacen la declaración en sus propias oficinas y pago religiosamente todos mis impuestos. 

Pero no pienso parar. 

Ya me he parapetado con mi tirachinas en la puerta de mi casa para matar los dinosaurios que haga falta, los mismos que Pedro Maestre describió en su genial novela y que parece que ahora han encontrado mi guarida. 





Y eso que cuando la leí en mis tiempos de universidad, me pareció que nunca acecharían a la espera de arrancarme a mordiscos la moral. Pues aquí están.Y yo también. Esperándolos. Con un arsenal de cantos rodaos perfectamente elegidos para estampárselos entre ojo y ojo hasta que desistan en su empeño. Inventando y reiventándome cómo salir de ésta y haciéndome una experta en hacer la compra semanal con presupuesto de un día, agradeciendo a mis cuatro amigas que me pasen la ropa que ya no se ponen porque a mí me queda divina y subscribiéndome al nuevo diario on-line para estar bien informada de lo que pasa en esto que unos llaman país y que es en realidad un puto cortijo. Sin un duro pero bien informada. Pago por ello, no me voy de rositas.

Ahora las pocas buenas noticias me llegan desde allende los mares, desde México, donde me tienen en consideración profesional, pagándome más que dignamente mis colaboraciones en un canal. Que no me permite respirar hondo, pero evitan que sufra muerte súbita.

Quiero creer que soy de las que, como dice mi amiga Paloma Bravo, se comen el mundo y escupen los huesos. Aun cuando ahora más que nunca necesito a esa rubia a la que le saco cuatro palmos pero no le llego a la altura del zapato. Para que me coja de los hombros y me sacuda ayudándome con ese gesto a que se me caiga un poco toda la mierda que me cubre. Que es mucha. Ella lo resume mucho mejor que yo por haber sido novia de un papá. Y me obligo cada mañana a leer y releer las anotaciones escritas por mí en ese libro firmado por otra mujer con los rizos más envidiables del mundo que ha conseguido que el enano que quiere yogures de postre, persiga a las niñas de su clase reclamándoles besos porque en esta casa ya sabemos todos que no se gastan. Se las lleva de calle fijo. 




Así que disculpen si hoy mi texto es un escupitajo con el que saldo varias cuentas pendientes. Reseteo para comenzar de nuevo. He tardado 67 días en digerir la última hostia que me han dado con la mano abierta. Y ésta escoció de veras. Ahora sólo necesito correr por el parque sin más marca propia que batir que la de desconectar durante 45 minutos antes de llegar a casa y sentarme delante de este ordenador que va a pedales y que no puedo sustituir, a escribir un libro con todo el sexo que hoy falta en este post. Acojonada estoy. 

Pero yo ya me conozco y a mí los pecados me gustan por simple definición. No quiero una eternidad sin ellos. 




viernes, 21 de diciembre de 2012

Yo me confieso.

Milo Manara


Yo me confieso de elegir siempre un hombre para contarle mis pecados. Esos que me reportan durante días la satisfacción de haberlos perpetrado. Pecados todos ellos que no debo contar más que a esos hombres de mi vida que pasan por ella para quedarse sin que nos una más que la complicidad.  Hombre ante el que confieso sin pudor, aguantándole la mirada mientras le relato con todo lujo de detalles hasta qué punto he llegado, que seguro que ha sido un poquito menos de dónde él imaginaba y un poquito más de dónde yo estaba dispuesta. Los hombres entienden de pecado; las mujeres intentamos superarlos. 

Y lo logramos. 

No hay mejor público que el masculino para saber la verdadera consecuencia del pecado cometido. Y acostarse con un señor casado seguro que lo es. O eso decían todas las monjas con las que estudié, solteras todas ellas. Por muy delicioso que a mí me parezca... Ese es un pecado de los buenos, de los que dan puntos, de los que me garantizan mi retiro en el averno del que no querré salir jamás. Para así reencontrarme de nuevo con cada uno de los que pecaron conmigo; que al fin y al cabo el contrato lo firmaron ellos y no yo. 

Mis confesionarios son lugares oscuros mucho más cómodos de lo que el Santo Padre podría permitir. En los que pido gintonic sin florituras, que yo soy de Tanqueray y queda el espacio justo para que pueda mi confesor recrearse imaginando qué habrá pasado por la cabeza del perfecto marido al que parezco haberme merendado ¡Slurp! 

Yo, pecadora confieso haberme esmerado en detallar cómo dejé que me lamieran los muslos. El roce de la lengua húmeda consigue erizarme la piel. Claro que sí, los pezones también. Miro al confesor a la cara para saber si realmente hice bien al abrir un poco más las piernas justo en ese instante. Parece como si me diera pudor reconocer que lo único que pido es que me lama entre ellas. A mí, que huelo entera a ámbar. Puede que esta declaración no sea tanto de intenciones como de ambiciones. Necesito saber si sabrán ambos, confesor y pecado, que no tengo ninguna necesidad de que me cambie por su "paquete completo" que incluye un último bebé con pañales. En realidad sólo un hombre puede aconsejarme si hacer un nudo con las piernas alrededor de una cintura desposada y que me la meta hasta bien dentro, puede ser interpretado como algo más que lo que es. A juzgar por lo que he gemido al no reconocer hasta dónde iba a llegar, yo diría que se trata de un buen polvo. Admito haberle acariciado la piel que recoge sus huevos, aunque puede que tenga razón este sacerdote laico, notó perfectamente las uñas. 

-¿Te gusta el color? Rojo puta. 

Trato tan solo de dilucidar si puedo garantizarme independencia emocional a pesar de haberme corrido antes de tiempo. Y nadie como mi confesor para escuchar que no iba a dejar que un hombre casado y con hijos creyera que debía conformarse con alimentar su ego. Si a mí no me tiene que dar de comer. A mí solo me debe follar. Hasta reventar; son unas horas, nada más. Luego quiero que regrese a su hogar, lindo y dulce hogar. Y si me folla así de bien sin encajar las manos en mis teta porque no las conoce, será porque quiere correrse en piel ajena. Ni tan inmaculada, ni tan tersa. Solo  otra. Aunque sería irónico que también su mujer le recorriera la verga parando la lengua en ese borde de carne que la corona. Cerrando la boca y arrastrando los labios.  Despacio. Mojado. Para que solo la punta alcance la garganta apoyada en la lengua. Tendré que confesar que no paré hasta que se corrió. Los pecados jamás se disimulan. No sirve de nada. 

Me confieso ante un hombre. No sé reconocerme si no es ante uno de ellos. Sé que sus penitencias son las únicas que me salvan. 









jueves, 29 de noviembre de 2012

Final de partido

Balón Mundial fútbol Italia 1934

Llenarte la casa de tíos en cada partido de fútbol no es gratuito. Todo lleva un rodaje. Para llegar hasta aquí te tienes que dar cuenta de que el enemigo no es el fútbol. Mereció la pena aprender a buscarle el lado positivo y ser la que abría la casa a quien quisiera verlo aderezado de los mejores comentarios que jamás escucharemos. Para eso está "El Patillas". Un crack. Bastó con que los colegas entendieran que suficiente hacía pagando el Satélite Digital para que ellos trajeran las cervezas y litronas. 

Que no está ningún horno para bollos. 

Aparecen con la tortilla de patatas y, si se estira alguno, lo mismo hasta hay jamón serrano de los de paquete de plástico. La última vez que comisteis cortado a tapas fue en casa de vuestra madre. 

Como para quejarse. 


Me gusta que estén todos por aquí. Como si se les fuera la vida en este partido.  Porque ya se nos va cada vez que miramos los otros partidos, vencedores por mayoría absoluta con el menor numero de votos de la historia de nuestra democracia. 

Fútbol mediocre que consigue los tres puntos. 

Y venga de cervezas y venga de risas. En esta casa el fútbol suma; nunca resta. Somos madridistas, atléticos, culés, deportivistas y hasta cadistas. Pero no gilipollas. 

No quedaba otra que incluir el fútbol en mi vida. Y esperar como agua de mayo el partido del sábado, fuera el que fuera, garantizando la paz interior de cada una de las personas que me importan en esta vida. Incluido el tipo que se ha acostumbrado a que su chica se pasee en verano, en la final de la copa de Europa solo con un camisón si hace calor. El más bonito, cabrona. 

Lo mejor siempre está por llegar después de un buen partido de fútbol. De esos cargados de polémica y rencor, un Real Madrid - Atlético de Madrid como el del sábado. ¡Olé! Me juego las dos manos a que no va a hacer falta siquiera que me calce el tacón oportuno. Hasta descalza consigo que esta noche me toquen el culo. Y solo lo hará el que yo quiera. 

Para que después se la coma entera. Gane o pierda. 

Haré que mi amante olvide esa falta lanzada desde fuera del área que sortea la barrera de los más  altos del equipo contrario. Falta maldita de mitad de partido. Todos agarrándose los huevos; por seguridad. Los del campo y los de mi salón. Encogidas todas las almas. 

Prometo eliminarla de su recuerdo utilizando mi boca. Déjame siquiera que calme el escozor del resultado apoyando la verga en mi lengua y humedeciéndola entera. Ya sé yo que contendrá la respiración exactamente igual que al ver el trallazo del delantero de turno. ¿Otra vez él? Sí, otra vez. Así de soberbio. Y de bueno. Porque mira que es bueno. Tanto como para que  mi aficionado favorito condense en la garganta el grito triunfador, tenso, ese provocado por mis labios alcanzando sus huevos. 

Hasta el final, claro que sí. Que no se diga. Con ese ruido que delata que reboso tanta saliva como que he humedecido mi ropa interior. O puede que más; comprueba. 

Ahora se trata de que me mire a la cara, en vez de perder la mirada frente al televisor. Ya ayudo yo a borrar el recuerdo de la cara del portero del equipo que  no venera. El mismo que se irá para donde mande el Chelsea el año que viene. Voy a hacer todo lo posible por que prefiera mejor mi cara, esta que quiebra el rictus hierático de las vírgenes.  Que no recuerde en toda la semana el brillo en los ojos del cancerbero rival al adivinar por dónde llega el trallazo de la estrella que lanza furioso la falta. 

Casi grita, casi. 

Se levanta del sillón con los puños apretados con la misma furia con la que agarra las sábanas cuando rodeo su capullo hinchado, lamo y relamo. Más. Más. Y otra más. 

Cómo no me va a gustar un buen partido de fútbol si además me encanta consolar al perdedor. Permitiéndole una vez más que solo avise porque quiera correrse donde más le apetezca. Hasta salpicarme; hoy apostó y perdió. Como no le voy a dejar que se quite la espinita clavándomela entera. Si soy yo la que gritó de emoción justo en el minuto 3 del descuento, cuando el colombiano de mi equipo, no del suyo, marcó. 

Imagina ahora, que ya han pasado un par de horas. No hay final dramático de partido que no cure yo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Cuernos de marca






Llevamos los cuernos incorporados. Así, de serie. Los ponemos y nos los ponen; los escondemos pero detestamos que nos los escondan; los paseamos y permitimos que los paseen. Y todos y cada uno de nosotros somos los mejores estrategas ante un buen ataque de cuernos. Eso lo que más. Un buen ataque de cuernos; qué gustazo... 

Ese momentazo en el que consigues erizarme el vello ahí ante mí, hecho un energúmeno y fuera de ti. Clavándome tus pupilas un pelín dilatadas, que encima soy de las que aguantan la mirada aunque solo sea para comprobar si me miras a la cara o te interesas como todos en el escote. Por si puedes perder algún punto más.. Estás en ello. Y ahí estás despotricando, qué bien me despotrica mi niño. Cómo me demuestra el amor verdadero hecho una verdulera en el salón, increpándome haberse enterado de que le he puesto los cuernos. 

Y encima me lo justificas ascendiendo una mierda de cuernos a traición. Toma ya.. Con dos cojones. Hacerle algo más que ojitos a uno que pasaba por allí o dejarte mecer por ese nuevo descubrimiento en el trabajo pasan a quebrantar nuestra fidelidad y ¿lealtad? ¿Qué entiendes exactamente por lealtad, mi amor? Porque para mí no es ni mucho menos que anoche, si se dio así la luna, tú siguieras a la morena más guapa del garito hasta el cuarto de baño más grande donde el maleo podría cobrar todos los matices imaginables. Llevaba una falda negra hasta la rodilla incapaz de soportar la tensión de las cremalleras; fueran las que fueran. Que hasta a mí se me hubiera bajado hasta el dobladillo de este vestido negro que llevo si me hubiera mirado como te miró a ti. Y como la miraste tú a ella, mi amor. Cómo me excita que me mires así, como a ella. Quizás en vez de esa camisa negra con botones de nácar morados, hubiera elegido una camiseta un poco más neutra. 

Con ese culo puede permitirse el lujo de que todas las miradas se concentren en él. Mira qué culo,eso es lo que entiendo yo por un buen culo, ¿lo ves? 

No te quedó otra que seguir la huella de sus tacones hasta el baño, que lo  mejor del "Jazz Club" es que podéis entrar los dos. Y nadie preguntará si vais a tardar mucho. Todo a su tiempo. Yo hubiera elegido medias de liga negras, como las que me regalaste un día porque sí; bueno, porque sí, no. Porque son perfectas para que yo te la coma esta noche. Con los zapatos apropiados de tacón siempre. Los que enseñan mis uñas pintadas;  hace mucho que no tengo para el "Fire" de Chanel pero éste de Mercadona da muy bien el pego. A que sí. Sus medias eran tupidas y muy apropiadas. Solo espero que sienta la misma debilidad que yo por el modelo que dejan que solo tengas que apartar la braga en la primera embestida con algo que no sean tus dedos. O también con ellos, eso ya lo decides tú. 

En eso no soy caprichosa así que aprovecha. 

No entiendo muy bien a qué viene indignarte tanto por unos cuernos cuando sabes  que todos los que no son tú aún no se han enterado de que me pone cachonda que me muerdan el cuello. Pero con esa carencia entre despacio y parecer que me vas a arrancar un trozo de carne que te sale tan bien. Y notar tu respiración en el inicio de la espalda. ¿Dónde si no? A ti te parecen un ultraje   estas marcas que tengo diminutas y un poco violáceas. Insultantemente equidistantes sobre mis caderas, una en cada una. Y las otras ocho rodeando en sendos grupos de cuatro todo mi perímetro. Sabes que me gustan los hombres con manos grandes. ¿No ves las tuyas? Más me gusta que me agarren mientras me follan. Y a eso pocos se atreven. Ahí me pierdo. 

Miénteme al menos y dime que no pesa menos que yo, que también era de las que les mide la pierna más de un metro nueve... Porque con solo una de ellas  encima de una tuya, el otro taconazo en el suelo y sobre el lavabo sabes que se consigue el equilibrio perfecto para que te dejara entrar, enganchadas las manos a tu cuello.  Pero tú apoyando la mano izquierda en la pared; si lo haces hasta para mear, que dejas caer todo tu peso en esa misma mano cada mañana mientras con la derecha apuntas para que no salpique de más. Por cierto, dos cositas: tienes una mancha ya a la altura de la mano en la que descansas en las meadas y ayer llegaste fino; apuntaste fatal. Dominada la postura con tu entrenamiento diario lograste la perfección en aquel polvo rápido. Que sí, tonto, que se corrió. No estaba tan borracha como para fingir. Y tú follas bien; te lo digo siempre. Follas muy bien. 

Ambos sabemos que el tipo con el que te he puesto los cuernos jamás habría encontrado la canción para que frene cuando me desboco por el pasillo porque no bajaste la basura. Eso nada tiene que ver con que yo quisiera que fueran otras manos y no las tuyas las que me agarraran. No por nada en especial, de verdad. A veces te olvidas de que no basta con decirme que me quieres. Bastaría con que volvieras a tratarme como a esa mujer que puede irse en cualquier momento. Mejor aprovechar ahora. Que aún nos seguimos dando tiempo. 

Deja de montarme el melodrama barato como si yo te hubiera ultrajado que lo único que he hecho ha sido echar un polvo. Y te recuerdo que tú otro. Sabes desde el primer día que el único significado que admito de traición entre tú y yo es pasar más de un día conmigo de los que quieras pasar con ella. Si encima fue sexo sin una pizca de amor es que eres un mierda. Por no haber sido lo suficientemente discreto como para no enterarme jamás. Recuerda que con la última así me dio la risa. 

Ya solo falta que te obceques con que mi infidelidad ha dañado tu honor como si el honor no fuera preguntarte cada mañana al abrir los ojos si quieres seguir amaneciendo en unas sábanas que huelen a ámbar, a ti y a mí. O cambiarlas por otras nuevas. Y tener la honestidad de hacer lo que te respondas; sea lo que sea. Que eso sí que es honrado. Y no venirte a casa con dolor de huevos ni yo con furor uterino. Nosotros somos muy capaces de transformar esa absurda quemazón en una pelea aún más dura pero también más perjudicial que esta cascada de reproches. 

Estoy preparada para hacer de los cuernos toda una marca y lucirla. Simplemente demuestran que sigo en la brecha. Hay que ser la mejor para estar contigo. Y tengo claro que solo me quedo con el bueno.