jueves, 1 de mayo de 2014

Contigo dentro, infiel.

"Valentina" de Guido Crepax


Desde que nos hemos sofisticado por esta maraña de información que nos inunda, la vida sexual de cualquiera es de lo más fascinante. Un simple vistazo al smartphone de turno y sabemos dónde están todos y cada uno de los que nos interesan. Perdemos poco tiempo en enterarnos de las apetencias, esperanzas y gustos de los que llaman nuestra atención, Twitter y Facebook nos exhiben a la perfección. Basta darte un par de veces de bruces con alguien mínimamente interesante para que memorices un avatar y con su próxima genialidad, en vez de conformarte con retuitear o marcarte un FAV, ¡zas! ya te sigo. 

Marcas los límites centrándote única y exclusivamente en los que llaman tu atención; hay que seducir a golpe de 140 caracteres. Toques cortos, al pie. Pases perfectos al de enfrente para que uno de los dos marque el tanto correspondiente y  lance el primer DM. Nuestro spanglish ha hecho posible que alguno llame a sus seguidores "followers" conjugando a la perfección el verbo "to follow" hasta crear expresiones tan explícitas como "déjame que te followee esta noche", que la lees en el Metro y das un respingo fijo. 

Si lo hace en público o por medio de un DM determina bastante las intenciones. Sé infiel y no tuitees con quién. 

Incluimos las redes sociales en la cacería y lo hacemos sin remordimiento. Somos capaces de hablar de todos y cada uno de nuestros pecados desde la platea de nuestros perfiles. Y es la fidelidad la que marca el límite de cada uno. Pocas cosas son tan personales en la vida sexual de un individuo que cómo se lleve consigo mismo para hacer frente a todas y cada una de las veces que se muera por poner los cuernos. 

No vaya a ser que apetecer, apetezca casi siempre. 

Quiero que me cuenten y de paso, a toda la platea, qué es la fidelidad y también la infidelidad. Cuál consideran virtud y cuál es pecado. No hay historia de amor que se precie que no tenga un buen par de cuernos. Y no siempre supusieron un drama. El mayor ejercicio de honestidad es reconocer si podemos seguir junto a la persona que amamos y con la que compartimos nuestra vida aunque abra la boca para lamer un sexo que no sea el nuestro. 

A ver quién es el que resiste a no mortificarse aunque sea un poquito. 

Kiko Amat es capaz además de ponerle música a todo esto con esta lista de diez canciones que son las favoritas de cuernos, pillada y rupturas. No sé con qué frecuencia leen Jot Down; yo siempre que puedo. Siempre termino enterándome de cosas de muchos de los que deambulan por mi TL gracias a lo que cuenta la revista de marras. ¿Hay algo más apetecible? 

Me muero de ganas por saber si son fieles o infieles, si son capaces de soportar las estocadas de otros. Si son de los que dejan claro en las primeras cenas qué posibilidades hay de enredar en cama ajena. Rubrico la etiqueta #ContigoDentroInfieles para ordenar en mi carpeta de trabajo y lanzo la propuesta. 

Con lo que me gusta a mí hablar de sexo y lo bien que se me da que me imaginen, ya hay algún interesado en saber si la chupo como lo escribo. 


lunes, 21 de abril de 2014

Conmigo dentro



Una vez que ya ha resucitado dios vuestro salvador, digo yo que podríamos ponernos de nuevo a hablar de lo que verdaderamente importa, que al fin y al cabo somos nosotros. Si es lo único, para qué mentir, si no de qué tengo yo este disgusto porque el jurado del III Concurso del Bistró que ha montado La Central no ha tenido a bien que quede finalista con mi cuento. Con lo que me costó que fuera tan corto. Nerviosa crucé los dedos con la esperanza de que al menos fuera una de las elegidas a creer que lo merecían. Con todas esas dosis de melodrama que le doy yo a todo lo que me pasa y después de haber imaginado a alguno de los componentes del jurado preguntándose si era efectivamente yo,  la otra Celia Blanco, la que aspiraba a su beneplácito. 

Pues no. No gustó. Solo dos mujeres  entre tanto hombre y ninguna sería la Tana.  Pues no me llevo yo bien con los hombres como para haberme merecido una tarde de risas con todos ellos... Enhorabuena a los candidatos y suerte con el veredicto final. Yo, por lo pronto, dejo aquí mi cuento.

Voy a seguir pensando, quieran o no, que el sexo es mucho más divertido conmigo dentro...



UN HOMBRE HONESTO


            Ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta si cuando mi abuelo contrabandeaba en Chafarinas, aprovechando su condición de militar, no escondió también algún secreto de su padre, el Argentino. El rubio porteño que llegó a Melilla justo con las primeras trifulcas de la Guerra del Rif. El que se enamoró de una musulmana que se arrancó el velo, cambiándose el nombre e inventándose una vida.

            La única herencia que mantenemos en esta familia.

            Con ellos se crió mi padre, con sus abuelos. Creció con la Mora y el Argentino, como los llamaban en Melilla. Con ellos dos y con su primo Sebastián. El primo Sebastián era el único hijo de la tía Virtudes, la segunda hija del Argentino y la Mora, la que murió de una neumonía justo cuando los dos primos dejaron de usar pañal, lo que llevó a los padres y hermano de la muerta a determinar que Sebastián no podía criarse solo. Al fin y al cabo mi padre tenía dos hermanos más y el pobre primo por no tener no tenía ni padre. O sí. Un padre que tenía otra mujer que no era la tía Virtudes y una recua de infantes a los que sacaba a pasear.

            El primo Sebastián y mi padre se criaron juntos. Mi padre se quedó retorcido porque su hermano lo torturó haciéndole lo que hace cualquier hermano mayor: burlarse del más pequeño asegurándole que vivía con los abuelos porque su familia no lo quería. Tanto lo repitió que mi padre dejó de quererlos de cuajo.

            Bajaban mi padre y su primo Sebastián la cuesta de Santa María Micaela con el diablo entre las piernas. Vinieron a decirle a la Mora que algo le pasaba al Argentino. Que no había sentado siquiera a los de la última sesión. El abuelo de mi padre era el acomodador del cine Iberia, el mismo que había perdido en una partida de póker en la que se presentó la Mora con los niños de la mano. A gritarle a su marido que saliera de aquella timba tan maldita como en las que había perdido las dos farmacias.

            Las dos.



         Sin aliento llegaron los primos al cine Iberia. Fermín, el de la taquilla, abrió la puerta y los conminó a guardar silencio. La película llevaba rato y él solo dejaba entrar a su mujer con la sala a oscuras para que viera el estreno sin pagar la peseta con setenta y cinco que costaba la sesión doble. Así que cuidado chavales; ahí lo tenéis, en la última fila.
            NI ruido hicieron los primos hasta llegar a su abuelo, su padre, o lo que fuera el viejo a aquellas alturas. Ahí estaba, sentado en una butaca, los ojos abiertos y una mueca de risa floja en la cara. Las manos juntas debajo de la tripa, sobre las piernas. Frío. Rígido.

            Era la primera vez que veían un muerto y encima era su abuelo.

            Fue mi padre el que se atrevió a tocarlo. Le cerró los ojos igual que había visto hacer en las películas de la sesión de los sábados a las cuatro. Su primo Sebastián mantuvo las distancias y apenas se envalentonó antes a mover la mano frente a los ojos del hombre a ver si reaccionaba y les daba la alegría de estar haciendo el bobo. Pero no. Estaba muerto.

            En la pantalla, un tipo gris junto a una rubia despampanante. De esas que de guapas se salen. Con una boca y unas curvas convexas que pedían comérsela a mordiscos. Pelo corto, ondulado. Y un bendito lunar en su mejilla izquierda. Detrás de los dos adolescentes, hercúlea y magnífica, ella. Comentando no sé qué de Nueva York en verano, cuando pocos se quedan con esa humedad y calorazo, y  mandan a la playa a la mujer y los hijos. En la butaca, tieso, el abuelo con las dos manos ocultándose las partes pudendas.

            Mi padre se habría ahorrado el trauma de ver muerto a su abuelo si hubiera vivido en la casa familiar. Pero él no quería a sus padres como a aquel argentino al que le cerró los ojos. Y mucho menos prefería a sus hermanos al niño de doce años que lo lloró con él. Que los Blanco eran unos sinvergüenzas quedaba claro en cualquiera de las dos casas, en Melilla o Chafarinas. Solo que el Argentino enseñó a mi padre lo que era ser un hombre honesto: el que ante una hembra como aquella que muestra las columnas de la perdición, le estalla en mitad del pecho el corazón.

            Y al tiempo, se le revienta la entrepierna.
           



jueves, 20 de marzo de 2014

Bendita afición

Andrea Pirlo festeja su gol a la Fiorentina



De todos mis maridos, amantes y novios me quedo con los deportistas. En mayor o menor medida, cada uno en su estilo, variedad de implicación con el deporte. Los mejores de todos, unos bandarras. Golfos lo suficientemente listos como para pasar las mañanas posteriores a una gloriosa noche purgando el pecado tranquilitos. Casi siempre tirados en donde les tocara. Ya fuera sofá o tumbona de playa. Nunca agradeceremos lo suficiente a Marichalar que nos diera la mejor clase práctica de lo que no hay que hacer el día después. Ni a Joaquín Sabina que lo verbalizara por todos nosotros denominándolo "marichalazo". 

Las mañanas siguientes no quiero ni verte. 

Y en tres días lo sumo después de esta juerga, por favor ve a jugarte la vida en uno de esos campos. A gritar todas las faltas, a empujarte, a rasgarte las vestiduras mientras peleas la posesión de un balón. A encontrarte de nuevo conmigo completamente destrozado después de haberte encontrado con todos ellos. Y contigo. Mirarte en el espejo de saber hasta dónde llegabas hace la tira de años y comprobar que sigues peleando para conseguir el tanto. 

A mi vera me gustan magullados. 

Qué le vamos a hacer, me recreo en las heridas que dejan esas manías de algunos hombres por dejarse la piel ahí fuera para recomponérselas cuando están aquí dentro. Conmigo. No solo ya por lamérselas, que está muy visto. Si no por notar que le duele en el alma erguirse ahora en la cama y aún así lo hace. No puede evitar movilizar todos sus músculos en agarrarme bien de las piernas. Hincando los codos en los muslos y dejando caer todo su peso, mitad agotamiento, mitad furia. Tendrás que tenerla, sí. Porque lo mejor de estas patas no es que sean un poco largas, es que jugarán a apresarte haciéndote un lazo en torno al cuello. 

Para que me bebas entera. 

Puede que no le llegue ni al tacón de la bota al defensa del equipo contrario a la hora de defender mis palos. Me esmeraré, lo juro. Lo mejor de esta debilidad mía por los deportistas estriba en que me enseñaron que su precisión a la hora de meter el balón por esos arcos es directamente proporcional a la que tienen para lamerme el alma. ¿O solo la Iglesia tiene potestad de hacer con ella lo que le dé la gana?

La mía que la devore uno de esos. 

Lo quiero festejando cuando se corra, igual de salvaje, cayendo sobre mí. Festeja sus noches de canalla y sus tantos en el césped igual que celebra dejarme los diez dedos marcados en las caderas y algún que otro mordisco la espalda. Para en el momento de su alarido darme la vuelta y verle la cara. Comprobar cómo es en el campo que lo agota, que le da la vida. 

El campo que me lo devuelve empeñado en hacerme gritar como cantan Los Planetas. Para eso soy su más entregada afición.






domingo, 23 de febrero de 2014

Hablemos de fútbol

Los capitanes de las selecciones portuguesa y francesa intercambian las camisetas en la semifinal del Mundial Alemania/AP


Yo no sé mucho de fútbol. Apenas lo suficiente para que pueda hablar con los compañeros en el coche camino de una cobertura, poco más. 

A cambio soy muy buen público y he conseguido sacarle partido a todo cuantos se han cruzado en mi camino. Eso ya lo conté justo después de uno de esos derbis madrileños en los que se me llena la casa de tíos.  Tengo hasta etiqueta. 

Estaba claro que algún futbolista tropezaría con mis tacones en una entrada dentro del área. Me he ganado a pulso tener el fútbol entre mis amantes todo cuanto quiera.

Uno de los cuentos de "Con dos tacones" es la fantasía femenina de someter a varios hombres para que cada uno de ellos cumpla una función en su vida y por supuesto en su cama. Menuda es la abadesa de "Il Giardino del Monastero di Dee"

En esa corte imaginó la gracia de piel cerúlea y ojos de gata que me la relató, a Gianluigi Buffon, portero de la Juventus. Yo simplemente se lo escribí en bandeja. 

¿Por qué? Porque sí. Porque somos de las que que no encontramos el más mínimo gustirrinín en vilipendiar  a nuestros maridos, compañeros y amantes por esa pasión salvaje que provoca un gol de su equipo. 

Y nos emocionamos hasta el borde del llanto en aquella semifinal del Mundial de Alemania cuando el pie negro francés más fascinante de todos los estadios se intercambió la camiseta con el capitán de la selección lusa.

Figo, Zidane. Superen eso. 

A mí que me gusta un tío más que a un crío un regaliz con pica-pica, estaba claro que al fútbol le iba a sacar el máximo partido. La primera vez que salí en una televisión nacional fue por obra y gracia de un programa de deportes ya muerto, "Grada Cero" y maldije durante años no haberme ligado a Rafael Alkorta, a pesar de que me aseguré personalmente de que apareciera en absolutamente todos los vídeos que firmé. 

Rafa, tira de hemeroteca. Y me ignoraste. 

Con todos estos antecedentes, me han invitado el lunes 24 de febrero al programa "Estudio, estadio". A medianoche, en "Teledeporte" no vaya a escandalizar de más y perpetrar de menos. 

A hablar de fútbol como a mí me da por hablar de él. 

No abriré el pico en los comentarios sobre las jugadas del fin de semana, a pesar de que muchas las habré visto en este bendito salón en el que transcurren algunas de mis ligas y me arrancan las otras. Las genialidades de esos tuits con etiqueta incluida provienen del mejor comentarista de fútbol que existe, El Patillas. El mismo que no me lee, que le sobra con tenerme. No seré yo, como otros, la que las copie para soltarlas ante otros focos. Me sobra y me basta con ser su secretaria y que en vez de embestir inventando, lo haga fabulando con mi entrepierna. 

Lo bueno de mantener este idilio tan fantasioso con el fútbol es convertir en realidad las que tienen que ver con sexo comiendo toda la carne que tengo a mano.

Y cometer la osadía de aceptar la invitación de Juan Carlos Rivero e ir mañana por la noche a su programa.

Va a ser salvaje ver cómo los más gañanes se meten conmigo. Maldiciendo no ser considerados siquiera carne. De la que devoro con las dos manos; siempre cruda y muy bien aliñada. De esa.  

Para hablar de fútbol, como de sexo, me sobra elegancia. 


miércoles, 5 de febrero de 2014

El directo más difícil






La peor de las pesadillas de mi mejor amiga de primero de carrera era que se diera la posibilidad de subir a un vagón de Metro y encontrarse allí con todos los hombres con los que se había acostado. Decía que no sabría reaccionar, cómo saludarlos, qué tipo de mentiras contar y recordar para estabilizar lo que ella suponía que sería un gran escándalo. Esa posibilidad conmigo era bastante improbable. A mí como mucho, todos mis amantes me ocupaban dos filas de asientos de tres. Manejable. 

Conforme horadamos los 90, ella superaba con creces cualquiera de mis expectativas. Mientras yo enredaba con tipos con los que pasaba el rato, sobre todo mucho rato, ella encontró al que hoy es su marido. Buscó, comparó y eligió; yo me llevé muchos más chascos... Cada una a su ritmo, cada una con los suyos.  Diferenciándonos también en el tipo de periodista que seríamos, eligiendo en esta vida en el lado en el que queríamos estar. En el de las que temen encontrarse con sus amantes o en el de las que  los acumulan con la esperanza de reunirlos a todos. 

Veinte años de profesión y esta tarde me toca hacer el directo más difícil de toda mi vida. Al final del pinganillo no estará uno de esos pocos directores que he tenido que me ha aportado tranquilidad sacando lo mejor de mí. Esta tarde, ese director estará sentado a mi lado. 


No habrá cámaras. En este directo no se me verá enmarcada ni sus estupendos televisores  corroborarán que busco con la mirada a mi hermana y a mi madre.  A sabiendas de que ambas se han perdido casi todos los momentos estelares de mi carrera, irradiando orgullo al enterarse de mi pequeño gran triunfo, fuera el que fuera. Ninguna estará. Así que toda la platea me verá forzar una media sonrisa para coger aire. Esa mueca que tanto conocen y que es la única que me deshace el nudo que me impide hablar.

Así son todos mis grandes momentos. Tuvieron que pasar años para que yo me riera de mi fallida boda, en la que lo único que faltó es que alguno muriera apuñalado. Nunca  más seré el centro de atención de semejante puesta en escena; las toneladas de mi amor son  bastante más honestas. Eché a uno que pasaba por allí y me calcé unos vaqueros para correr hacia Atocha a las 8'30 de la mañana de aquel 11 de marzo, cuando una llamada angustiosa me contó que los trenes de cercanías no entraban en la estación más transitada de España porque habían puesto una bomba. Tuve contracciones en un directo en la plaza de las Ventas mientras explicaba el poderío de José Tomás y me puse de parto después de dos días de fiesta sin una gota de alcohol en las venas, veinte kilos de más y un calendario de cuentas para saltármelo yo a la torera. 

Una carrera profesional de esas sin grandes estridencias. De esas que dan en literatura lo que jamás reflejan en nómina. 

Volviendo a aquella amiga que tuve en la Universidad, los años se escaparon y cada una tiró para un lado. Cruzándonos muchas veces hasta que empezamos a esquivarnos. Ella, ya lo he dicho,  encontró al que hoy es su marido. Yo seguí buscando. Aquella amiga consiguió que jamás se diera la posibilidad de encontrarse a todos sus hombres en la misma estancia, triunfó en los medios convirtiéndose en una de esas que no flotan, sino navegan. A cambio, yo recojo tablones salvavidas a los que me aferro hasta que las olas me hacen naufragar de nuevo. Que no seamos ya ni cuarto y mitad de amigas es más que correcto.

Por eso el directo más difícil de toda mi vida es el de esta tarde. Porque a mí jamás me ha dado miedo reunir a los hombres de mi vida. Yo ya sé que sus ausencias hicieron posible la existencia de todos estos amantes. 


lunes, 3 de febrero de 2014

El Patillas no me lee; le sobra con tenerme.

Alexey Aloisov

Mira que siempre tuve claro que sería a partir de los 40 cuando yo estaría de verdad buena.  Con esta cara de antigua no te queda otra que asumir que tu belleza es de esas desgarradas pero sobre todo desgarradoras. A los 15 no te hace caso ni Blas. Así que te enrollas poco. A los 40 descubres que hasta tus tobillos recios pueden ser imaginados sobre los hombros de cualquiera.

¿Que no? Basta con que te lean...


Me chifla. Porque no tengo un duro, pero consigo que me inviten dos noches a la semana para que los filetes de lomo adobado sean suficientes para los que estén. Y unos y otros (los que lo hacen aspirando a que sea verdad que la chupo como escribo y los que saben que pasearme, además de divertido, es una obra de caridad), hacen que pueda disfrutar hasta de la montaña rusa. 

La misma emoción que supone levantar sospechas de que soy de las que se relajan en la ducha muy por encima de las posibilidades de un spa. Sí, una ducha. Cualquiera. Una vez escribí que basta quitar la alcachofa de la más simple del planeta para terminar apoyando la mano en la pared alicatada hasta el techo y perderte. 


Cuarenta segundos, oye.. Cuarenta segundos son más que suficientes. 


Desde el día que lo escribí no hay quien no esboce una sonrisa de medio lado cada vez que digo "Me voy a  duchar. Luego te veo". Sí, pueden ser los protagonistas de esa mi fantasía, pero no siempre. Déjenme cambiar de amantes de vez en cuando..


Una emoción que se agudiza teniendo al Atléti de líder. Que no lo era desde el 25 de mayo de 1996, cuando El Patillas hizo esta foto antológica que él disfruta y regala, como buen madridista que es, a todos  cuantos son capaces de agradecerla.



Julián Jaén



Este equipo que se ha hilado a mi vida con pequeños pespuntes cargados de liturgia... 
Esta semana, de líder, se la juega en el primer partido de Copa frente al eterno rival. A la misma hora y en la misma ciudad, en la que yo presento mi libro. 

Cholo, te consiento ésta porque si el Atlético de Madrid marca en mitad de mi directo más difícil, me encantará comunicar la noticia. Estaremos huérfanos de #oídoenmisalón qué le vamos a hacer. Hazme el favor de ganar al Real Madrid. Recuerda que estás en mi "lista de los cinco permitidos". Prometo, querido Fernando Garea, esperar a que acabe la Liga. Que como yo paso como una exhalación, para preparar la siguiente temporada ya ni se acuerda de mí. 


Todos nosotros de él, sí. 


Si el caso es celebrar, lo llevo diciendo ya mucho tiempo. Y yo aplaudo al que me entacona. 


Tacones. No necesitamos que pisen asfalto; solo quiero verlos. Que formen parte de esta estampa en la que yo me coloco de tal manera que los tacones emergen por detrás de mi culo mientras mi amante es el único que de verdad puede comprobar si la chupo como lo escribo. Si es verdad que hago todo lo posible por arroparla dentro de la boca. Dejando que entre hasta dentro, que tengo labios gruesos y podré coparla. Si tienen razón los que creen a pies juntillas que me gusta que se ponga así de dura para entonces, solo entonces, ponerme encima. Apoyando las manos en el cabecero; déjame que te baile. 


¿Será verdad que mis piernas resisten en tensión el tiempo que haga falta con tal de ser empalada en ese balanceo? Puede hasta que, sin quitarme los tacones, prosiga él de pie  sobre el piso, acercándome a mí al borde de la cama. "De espaldas, Tana", dirá. Para que yo clave las rodillas y agarre él el mando. A su vera. A su altura. Apretando con el puño cerrado el mismo estilete que me mantiene nueve centímetros por encima de mi metro setenta y cinco. 


Si fueran puñales en vez de tacones, lamería después la sangre que brotara de sus manos por aferrarse a esos tacones. 


Y siempre tranquila con todo cuanto cuento, que no altera jamás al hombre de mi vida. Ya lo dice él cuando le increpan los amigos con detalles de esas frases en las que relato mis calenturas.


"Yo a la Tana no la leo; me sobra con tenerla". 



lunes, 13 de enero de 2014

Con dos tacones

"Con dos tacones" publicado en "La esfera de los libros". 



Si yo sé que el día que Hanif Kureishi me conozca (que me conocerá), se quedará mirándome en silencio. Digo yo que le pegará una calada al cigarro (le pega fumar) y dirá: "¿Qué necesidad hay de vivirlo todo tanto?" 

Porque yo me merezco algo así, ¿que no? 


Sí, me han pagado una pasta por tres botones de una camisa en Japón. Y me lo gasté en beberme lo que hiciera falta, con el canadiense que miraba espeluznado a mi lado y en cuatro cachivaches de tecnología punta de aquellos 1998 en los que yo fui al Imperio del Sol Naciente.  Me duró la "modernez" cuatro meses exactos. Lo que tardaron en inundar el planeta con lo todo lo que yo me traje. Pero la suerte de poder contarlo el resto de mi vida, también se vino desde Japón. 


A mí Kureishi debería decirme algo así. Por honestidad. Porque a estas alturas ya sabe que yo he regalado su "Intimidad" una docena de veces. Y apenas tiene vendidos 3.000 ejemplares en este país desde 2007... 

Su editorial debería hacerme la ola. O dejarme entrevistarlo, al menos. Prometo no apabullarlo diciéndole que lo amo. Ni que su Jay me parece el ser más honesto de este planeta. Encerrado una noche decidiendo si mandar a tomar por saco a su mujer y sus dos hijos, cuando se le cruza otra que está mucho mejor. Más joven, más guapa, más de todo y menos de nada. Como deben ser todas las que se llevan a nuestros maridos...

Y él, hace lo que debe hacer. Por honestidad. 

Será por honestidad por lo que yo me he permitido el lujo de saldar mis cuentas y saciar todo mi ego con un libro. Uno con el que no cuente mi vida, pero la describa en cada beso, en cada polvo. En cada uno de los que arrancan a jirones las bragas de otra, de todas aquellas me describieron cómo debía ser la aventura que imaginan. Quince cuentos que describen las fantasías sexuales ajenas, pero que yo ubico dentro de mi boca, sobre mi piel, entre mis piernas. 

Como todos los que las leen...

Para darme la satisfacción de saber que ninguno de esos amantes se queda. Que todos se van. 

Para dejarme que sea yo la que decida quién será el que venga a agarrarme por detrás a pegarme el aliento a la nuca. Ahí. Respira ahí. Dime que te pone cachondo solamente olerme entrar en tu cama. A enredar mis pies, las dos piernas y el alma si se tercia. Seguro que eres de los que deciden que me calce los mejores tacones que tengo, esos que no han pisado asfalto, para que pueda verlos detrás de tu cabeza. Para que los mires cada vez que me corras. 

Para que entres bien. Y me gruñas. Que te cueste articular palabra cada vez que embistas. Cada vez que intente retenerte. 

Lo nuestro solo puede durar lo que valga la pena. 

Ya sabes tú que yo dejé de soñar con ser princesa...