lunes, 3 de febrero de 2014

El Patillas no me lee; le sobra con tenerme.

Alexey Aloisov

Mira que siempre tuve claro que sería a partir de los 40 cuando yo estaría de verdad buena.  Con esta cara de antigua no te queda otra que asumir que tu belleza es de esas desgarradas pero sobre todo desgarradoras. A los 15 no te hace caso ni Blas. Así que te enrollas poco. A los 40 descubres que hasta tus tobillos recios pueden ser imaginados sobre los hombros de cualquiera.

¿Que no? Basta con que te lean...


Me chifla. Porque no tengo un duro, pero consigo que me inviten dos noches a la semana para que los filetes de lomo adobado sean suficientes para los que estén. Y unos y otros (los que lo hacen aspirando a que sea verdad que la chupo como escribo y los que saben que pasearme, además de divertido, es una obra de caridad), hacen que pueda disfrutar hasta de la montaña rusa. 

La misma emoción que supone levantar sospechas de que soy de las que se relajan en la ducha muy por encima de las posibilidades de un spa. Sí, una ducha. Cualquiera. Una vez escribí que basta quitar la alcachofa de la más simple del planeta para terminar apoyando la mano en la pared alicatada hasta el techo y perderte. 


Cuarenta segundos, oye.. Cuarenta segundos son más que suficientes. 


Desde el día que lo escribí no hay quien no esboce una sonrisa de medio lado cada vez que digo "Me voy a  duchar. Luego te veo". Sí, pueden ser los protagonistas de esa mi fantasía, pero no siempre. Déjenme cambiar de amantes de vez en cuando..


Una emoción que se agudiza teniendo al Atléti de líder. Que no lo era desde el 25 de mayo de 1996, cuando El Patillas hizo esta foto antológica que él disfruta y regala, como buen madridista que es, a todos  cuantos son capaces de agradecerla.



Julián Jaén



Este equipo que se ha hilado a mi vida con pequeños pespuntes cargados de liturgia... 
Esta semana, de líder, se la juega en el primer partido de Copa frente al eterno rival. A la misma hora y en la misma ciudad, en la que yo presento mi libro. 

Cholo, te consiento ésta porque si el Atlético de Madrid marca en mitad de mi directo más difícil, me encantará comunicar la noticia. Estaremos huérfanos de #oídoenmisalón qué le vamos a hacer. Hazme el favor de ganar al Real Madrid. Recuerda que estás en mi "lista de los cinco permitidos". Prometo, querido Fernando Garea, esperar a que acabe la Liga. Que como yo paso como una exhalación, para preparar la siguiente temporada ya ni se acuerda de mí. 


Todos nosotros de él, sí. 


Si el caso es celebrar, lo llevo diciendo ya mucho tiempo. Y yo aplaudo al que me entacona. 


Tacones. No necesitamos que pisen asfalto; solo quiero verlos. Que formen parte de esta estampa en la que yo me coloco de tal manera que los tacones emergen por detrás de mi culo mientras mi amante es el único que de verdad puede comprobar si la chupo como lo escribo. Si es verdad que hago todo lo posible por arroparla dentro de la boca. Dejando que entre hasta dentro, que tengo labios gruesos y podré coparla. Si tienen razón los que creen a pies juntillas que me gusta que se ponga así de dura para entonces, solo entonces, ponerme encima. Apoyando las manos en el cabecero; déjame que te baile. 


¿Será verdad que mis piernas resisten en tensión el tiempo que haga falta con tal de ser empalada en ese balanceo? Puede hasta que, sin quitarme los tacones, prosiga él de pie  sobre el piso, acercándome a mí al borde de la cama. "De espaldas, Tana", dirá. Para que yo clave las rodillas y agarre él el mando. A su vera. A su altura. Apretando con el puño cerrado el mismo estilete que me mantiene nueve centímetros por encima de mi metro setenta y cinco. 


Si fueran puñales en vez de tacones, lamería después la sangre que brotara de sus manos por aferrarse a esos tacones. 


Y siempre tranquila con todo cuanto cuento, que no altera jamás al hombre de mi vida. Ya lo dice él cuando le increpan los amigos con detalles de esas frases en las que relato mis calenturas.


"Yo a la Tana no la leo; me sobra con tenerla". 



lunes, 13 de enero de 2014

Con dos tacones

"Con dos tacones" publicado en "La esfera de los libros". 



Si yo sé que el día que Hanif Kureishi me conozca (que me conocerá), se quedará mirándome en silencio. Digo yo que le pegará una calada al cigarro (le pega fumar) y dirá: "¿Qué necesidad hay de vivirlo todo tanto?" 

Porque yo me merezco algo así, ¿que no? 


Sí, me han pagado una pasta por tres botones de una camisa en Japón. Y me lo gasté en beberme lo que hiciera falta, con el canadiense que miraba espeluznado a mi lado y en cuatro cachivaches de tecnología punta de aquellos 1998 en los que yo fui al Imperio del Sol Naciente.  Me duró la "modernez" cuatro meses exactos. Lo que tardaron en inundar el planeta con lo todo lo que yo me traje. Pero la suerte de poder contarlo el resto de mi vida, también se vino desde Japón. 


A mí Kureishi debería decirme algo así. Por honestidad. Porque a estas alturas ya sabe que yo he regalado su "Intimidad" una docena de veces. Y apenas tiene vendidos 3.000 ejemplares en este país desde 2007... 

Su editorial debería hacerme la ola. O dejarme entrevistarlo, al menos. Prometo no apabullarlo diciéndole que lo amo. Ni que su Jay me parece el ser más honesto de este planeta. Encerrado una noche decidiendo si mandar a tomar por saco a su mujer y sus dos hijos, cuando se le cruza otra que está mucho mejor. Más joven, más guapa, más de todo y menos de nada. Como deben ser todas las que se llevan a nuestros maridos...

Y él, hace lo que debe hacer. Por honestidad. 

Será por honestidad por lo que yo me he permitido el lujo de saldar mis cuentas y saciar todo mi ego con un libro. Uno con el que no cuente mi vida, pero la describa en cada beso, en cada polvo. En cada uno de los que arrancan a jirones las bragas de otra, de todas aquellas me describieron cómo debía ser la aventura que imaginan. Quince cuentos que describen las fantasías sexuales ajenas, pero que yo ubico dentro de mi boca, sobre mi piel, entre mis piernas. 

Como todos los que las leen...

Para darme la satisfacción de saber que ninguno de esos amantes se queda. Que todos se van. 

Para dejarme que sea yo la que decida quién será el que venga a agarrarme por detrás a pegarme el aliento a la nuca. Ahí. Respira ahí. Dime que te pone cachondo solamente olerme entrar en tu cama. A enredar mis pies, las dos piernas y el alma si se tercia. Seguro que eres de los que deciden que me calce los mejores tacones que tengo, esos que no han pisado asfalto, para que pueda verlos detrás de tu cabeza. Para que los mires cada vez que me corras. 

Para que entres bien. Y me gruñas. Que te cueste articular palabra cada vez que embistas. Cada vez que intente retenerte. 

Lo nuestro solo puede durar lo que valga la pena. 

Ya sabes tú que yo dejé de soñar con ser princesa...

viernes, 20 de diciembre de 2013

Segundón de primera



Jaime Córdoba del Américas (EFE)


Se puede soñar con marcar el gol decisivo de una final de Champions. Recrear hasta la saciedad ese momento en el que atraviesas medio campo escapando de los jugadores del equipo rival, fintando al que osa acercarse de más, demostrando que merecieron todos esos sufrimientos, dolores y retos que te marcaste en cada uno de los entrenamientos. Has sabido mirar por el rabillo a tu compañero, hacerle el gesto oportuno para que se dé cuenta de que estás solo, que los defensas lo siguen a él y se olvidaron de tu bendita presencia. 

Te lo pasa. Lo tienes. 

Te mueres por explotar de felicidad cuando veas estrellarse el balón contra la red. El gesto de derrota del portero que calculó mal y cae rendido sobre el césped mascullando su mala fortuna de no poder evitar tu trallazo. No, no podrá. Se colará por la escuadra. En un segundo pasarán por tu cabeza todos los malos  momentos de tu trayectoria profesional. Los gritos, las exigencias, las ganas de tantos de que compitieras con más rabia. Los dolores físicos, los dolores del alma. Las inseguridades. El vértigo. El miedo a dejar de pertenecer a un equipo. 

Todo se diluirá cuando marques el gol de esa final de Champion.

Pensarás en los tuyos, en los que más quieres. En tu padre que te llevaba  a entrenar hiciera un sol de justicia o diluviara. En tu madre, que dejaba caer un bocata grande en la mochila porque sabía que terminarías muerto de hambre  y en tus bolsillos pocas veces hubo las suficientes monedas para comprarlo en el bar, camino a casa. En tu primer entrenador que apostó por ti y se empeñó en que jugaras con los que aún no te correspondía. En tu chica, en tu hijo. En esas dos personas que lloran de felicidad en esos momentos viendo al hombre de sus vidas tan inmensamente feliz. Admitirán entonces que mereció la pena todas y cada una de tus ausencias. 

Pero a ti te escupe la realidad a la cara. 

Tú no pasas de la mitad de una tabla mediocre, no se te olvide.Tienes una ficha escuálida que ni siquiera te permite irte estas Navidades a ver a tu familia. Que vive en Barcelona, querido. No en Sebastopol. Llevas años sin poder adquirir algo que no sea imprescindible y tienes que compaginar tu trabajo en el club de fútbol con otros dos para llegar a final de mes. 

Esta es la vida que elegiste.

Y vas cumpliendo años, claro. Y cada vez cuesta más subir por la banda izquierda detrás del balón sabiendo que la vida se te va en recuperarlo, manejarlo, controlarlo y seguir avanzando. Ni las piernas responden como antes ni le caes especialmente bien al presidente de tu equipo.. El que decide tu ficha, el que te pone el sueldo, el que decide realmente desde un oscuro despacho si mereces seguir con ellos.

Y el árbitro...¡Ay el árbitro! Siempre les caíste como el orto. A todos. Por hacerte notar, por ser tan meticuloso con sus actuaciones como si no existiera el error humano. Por exigirles profesionalidad en un mundo en el que cada vez hay menos. Hay alguno que te tiene especial ojeriza pero la culpa es tuya que no le perdonas que no pitara aquel penalti claro que te hicieron dentro del área y te dejó a dos puntos exactos de subir a Primera División, ¿recuerdas? Os la estábais jugando con ese equipo que siempre os huele el culo todas las temporadas. El empate no sirvió de nada; aquel penalti habría sido vuestra única salvación. Y tú lo habrías marcado.

Aquí estás. Jugando en la Liga que te corresponde. Brillando solo a medias, marcando  cuando se puede. Alegrándote con las pequeñas gestas frente a equipos igual de anodinos que el tuyo. Del montón. De los que sobreviven.

Nunca jamás abrazarás "la de las orejas" más que si esperas al equipo vencedor en el aeropuerto, alguno de los héroes se apiada de ti y te deja hacerte la foto correspondiente con un nudo en el pecho que no te dejará respirar. Aunque no seas de ese equipo, aunque no merezcas serlo. Aunque ni siquiera hayas tenido el valor de irte a jugar al Cádiz C.F. como hizo "Mágico" González simplemente porque lo que adoraba era vivir en la Tacita de Plata.

Asume de una puta vez que tú apenas eres un segundón de primera.



jueves, 31 de octubre de 2013

Te espero en el infierno.


Joan Vilatoba, 1915


El día que me muera quiero que alguien pague por una esquela en el periódico. Que se gaste la pasta en celebrar que cumplí mi misión aquí, que marcho hacia ese lugar en el que saldaré todas mis cuentas. Bautizamos como "el tonto de la medalla" al vecino que vino hace más de un año a mi casa a comunicarme que me retiraba el saludo "por sus profundas convicciones religiosas". Provocándome toda la hilaridad del mundo. Corroborándome que a qué mejor sitio ir cuando no sea lo único que he querido ser en esta vida: carne. 

Yo no iré al cielo. 

Mi hermana asume hace tiempo que habrá una esquela en la que no quedó otra que rubricarme el personaje. Una protagonista que pudiera unir las medias de tela de araña, los tacones de 11 centímetros, la última infidelidad de Hanif Kureishi y una copa de buen vino. Una caricatura de mí misma  que geste su dolor siempre en la boca del estómago, en las tripas, dejando que ascienda serpenteando por la tráquea hasta formar ese ovillo enredado en mitad de la garganta. 

El que hay que escupir. Así. 

Ella que me quiere casi más de lo que puede permitirse, sabe que es importante que mi esquela aparezca ahí, en prensa. Para que en el momento de tirar las cenizas donde tenga a bien esparcirlas, se acerque más de uno. Aunque sea a mirar. Reunir en torno a mis caderas a todos y cada uno de los que bebieron en sus curvas, comieron en sus hondonadas y flanquearon la puerta. 

Ya que llegaste hasta aquí, aprovecha que tuviste los diez dedos agarrándolas enteras. 

Para rizar el rizo, me gustaría que mi propia liturgia coincidiera con la noche de difuntos. Que mis amantes vinieran cada uno desde su tumba. Ordenaditos o de revolera. Mirándose a la cara, distinguiéndose. Preguntándose a sí mismos si aquel puede que sea el que conoció secretos monárquicos un buen día de difuntos al tiempo que sujetaba mi mandíbula entre sus piernas. 

Sí, ése es. Por algo parece un drácula.

Reunión de pervertidos que siguieron mi reguerito de ámbar. Se lo dejé a cada uno pegado a la piel al cometer la fechoría de restregarla con la mía. El olor amaderado que no arrancaron por mucho que restregaran esponjas, por mucho que disimularan con los perfumes que otras les regalaron. Merezco además mi propia escena hilarante entremezclada con sorbidos de mocos. Y una buena ráfaga de viento que me una para siempre con toda la cinematografía que me hubiera gustado filmar.


Conduciré mis pasos hacia ese averno al que me han condenado. Donde espero estén todos y cada uno de los villanos que se empeñaron en llegar antes que yo. Seducirlos de nuevas o repetir con los que merecieron un bis. Sacar la groupie que llevo dentro y enloquecer sobre ellos. Honrar a esos muertos del único modo que sé, sacando de debajo de mi nueva cama, la que entonces esté rodeada de fuego, una inmaculada colección de zapatos de tacón para ascenderlos, enfundandos en los pies,  a los cielos de los hombros del que profundice en mis cuevas. 

Será en ese infierno en el que conmute mis pecados donde vuelvan a agarrarme los tobillos para que clave las rodillas y las manos en las sábanas. Para que pegue la cabeza a la almohada. Para que espere la resurrección de mi carne que me llega con cada pecado y lo haga en el único lugar donde podrían permitirme el lujo de elegir la plegaria cuyo salmo idolatro. 

Tranquilo, solo he muerto. 

Y te he esperado en el infierno.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Sácame a pasear

Linda Evangelista por Hemult Newton


Calibro a los hombres en dos clases bien diferenciadas. Los que me sacan a pasear. Y los que no. Me gustan los primeros, de los segundos me desprendo rapidito. 

No pienso entrar a discutir que no necesito que me pasee nadie. A estas alturas de la película tengo poco que guionizar al respecto. Solo que me gusta en numerosas ocasiones acompañar(me) de los imprescindibles con los que hablo, comparto, maleo y tomo el vermú. Con el que toca también se folla. Que nos conocemos...  

Que me paseen por todo Madrid resulta imprescindible para que les tenga respeto. Que me luzcan como lo que soy. De lo mejorcito de sus vidas.  Eso da puntos. Muchos. 

Sácame a pasear esta noche, anda. 

Solo tuve un hombre que me luciera nada más que a solas con él. Lo amé de ese modo raro que me da a mí por amar cuando lo hago sin sentirlo pero obligándome a que exista. No es amor. Es obligación. Y una vez que nuestra relación dejó de ser porque sí, porque nos apetecía y queríamos,   no quedó otra que hacerlo desaparecer. Al menos de mi vida. 

Hace casi ocho años que no lo veo.  Bien. 

A cambio, irrumpió otro que se tiró un porrón de años agarrándome del culo paseándome por todo Madrid. En vez de pasarme el brazo o darme la mano, a éste le gustaba cerrar bien la mano aprisionando uno de mis cachetes; decirme que le gustaba mi culo así de duro y guiar mis pasos que él quería entaconados. 

Me cambiaba aquellos tacones rapidito por cualquiera de los que están debajo de mi cama, de esos que no pisan asfalto. Arrugo las sábanas clavándolos en el colchón, el mismo que vamos a reventar tú y yo. 

¿No querías verlos? 

Ahora me toca a mí pasearme a mi antojo encima de ti. Así. No me miden tanto las piernas como pensabas, pero puedo anudártelas al cuello mientras me retuerzo. Empieza besándome los dedos de los pies y sube despacio hasta arriba, hasta encabestrarte en mi monte de venus. Me has exhibido por medio centenar de calles, lúcete lamiéndome que soy tu premio. 

Te ovacionaré con mis gemidos en cuanto además de comérmelo, me honres con tus dedos. Aquí cada uno chulea donde le da la gana. Yo, prefiero en la cama. 

Hay que ser de otra carne para elegir ser la amante que no se exhibe. Y yo la poca carne que como la quiero cruda y aliñada. 






miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Cenamos?


"El garbanzo negro"; C/Sacramento, 18 (Cádiz) Foto: Julián Jaén



Busquemos una excusa para salir a celebrarlo. Sea lo que sea. Vayamos a esa taberna en la que podamos hablar, reír y airear nuestras vidas, mientras comemos lo que más nos apetezca. "Yo como de todo. ¿Y tú?", esperando que me digas que sí, que me siente en esa mesa. Si hemos llegado hasta aquí no te pongas melindroso. 

Te gusta todo. Como a mí. Solo faltaba. 

Tendrás que elegir tú; normas de la casa. Ya te he dicho que tengo buena boca, así que no me hagas escoger. Qué quieres tú; yo ya me tengo muy estudiada. Que yo me dé cuenta de quién eres; venga. 

¿Vamos de vinos? Perfecto. 

Eso implican tapas. Mitad frías, mitad calientes, no discutamos antes de tiempo. Quiero saber de una vez, si eres más de acedías fritas o de solomillo de cerdo ibérico con foie.  

No es lo mismo coger con los dedos las puntillitas fritas y las tortillas de camarón, que pedir aceite (de oliva virgen o te parecerán ruines) y dejar caer un pequeño chorrito sobre el canapé. Sí, con ese gesto de exquisitez gastronómica, de ser una simple tapa la has convertido en canapé. Mucho más fino. 

¿Eres de los que en el fragor de la conversación no puede terminar de masticar? ¿Veré un poco de comida en tu boca? Quiero comprobar si desmigajas el cazón con los dedos o si descubres al primer mordisco las croquetas de boletus. La ración las trae mezcladas; vete tú a saber cuáles son. 

Me gustará tu originalidad para no limpiarte los dedos de la mano con la servilleta. Buscarás el pretexto perfecto para llevártelos a la boca y lamer intentando alcanzar una pizca de sal de las gambas. Qué ricas están, ¿a que sí? Y si te da por la brandada de bacalao con ali oli, me parecerá bien. Aunque te sugiero que no me lo pongas tan difícil. Ajo a la primera, no. El jamón de pato lo traen sudado. Muy rico. Tanto como para que me vaya a intrigar muchísimo seguir el rastro de su recorrido por tus labios. Será un lametazo rápido que robaré. 

Así, ven... 

Tengo la sana costumbre de quedarme justo enfrente para cerciorarme de que no solo me miras a los ojos cuando hablo yo; solo faltaba. Si cenas conmigo también tendrás que mirarme a la cara cuando hables tú. ¿O aspiras a que Cristina Rota te descubra por la calle y ensayas tu gesto de chico perdido conflictivo? Lo siento, el papel ya se lo llevó Dani Martín y Bigas Luna fue el último que intentó sacar provecho de semejante cobardía. 

A cenar se viene leído. 

¿Quieres postre? La leche frita casera rezuma lo suficiente como para que cuando me des a probar, puedas seguir el recorrido de la gota que caerá desde la cuchara camino de mi boca. Tranquilo, no chorrea; solo humedecerá la piel contra la que se estrelle. Seré entonces yo la que calcule las probabilidades de que me compense que te resarzas del resbalón. Mientras tanto, déjalo. 

Ya me limpio yo el escote.   

Si en esta taberna podemos tomar un café, lo quiero con hielo y una rodaja de limón. Lo bueno de juntarse con Mamen es que aprendes a vivir rico. Por eso le salen tan bien los guiones a esta mujer que tiene el nombre en clave perfecto para Iñaki Urdangarín: Mamen del Castillo. 

Por supuesto, el chiste se le ocurrió a ella. 

A todo esto no le he prestado ninguna atención al vino, perdona. No recuerdo haberlo probado antes a pesar de que no soy ninguna experta en caldos. Solo sé que me gustan. Mucho. Me apabullan los hombres que saben de vinos. Máxime si son capaces de elegirlo resumiendo su calidad en una sola frase para explicarme por qué ése y no otro. Apenas cinco palabras perfectamente hiladas con los adjetivos exactos que describen cómo es el que se escoge en una carta en la que hay más de tres... A mí. Que más allá del Pago de Carraovejas no se me ocurre ninguno. 

Tenías que escoger tú; ése era el trato.

Disfrutaré observando cada uno de tus movimientos durante la cena, calibrando cómo usas las manos cuando te mueres por llevarte un pedazo de lo que sea a la boca. ¿Devoras? Yo sí. Observaré si te gusta la carne o el pescado, el dulce o el salado, el frío del bacalao que apenas ha abandonado la cámara frigorífica o más bien te cuesta esperar a que se temple el revuelto de caviar de erizos. 

Come y déjame que sepa más de ti y entérate de lo que quieras de mí.Yo me chuparé los dedos. 

Solo te pido que si vas a escoger el vino, elijas bien. No vaya a ser que jamás desperdiciara la oportunidad de tener una buena excusa para volver a brindar contigo.  



sábado, 10 de agosto de 2013

La guerra de todos los veranos.

Réne Gruau

Nos gusta que nos miren. Mucho. Nos chifla que se den cuenta de que entramos en una habitación, detestamos que nos ignoren, nos apasiona que se den la vuelta para corroborar que somos reales. Esa sensación sublime de mantener la mirada de desconocidos, sortear las de los que nos critican, supeditar la de los que nos imaginan. Nos supera. 

Dejamos de mirar cuando nos acostumbramos a lo que vemos. Y a mí me gusta que dejes la luz encendida si tienes previsto meterme mano. 

No me perdería por nada en el mundo confirmar que eres de los que me agarra las caderas cuando me pongo encima de ti. Que tienes las manos grandes, si lo sabré yo. Pero encima quiero ver cómo aprietas los labios, mordiéndote un poco el de abajo y sacando colmillo. Es como en las películas porno; prefiero planos cortos y elegantes de una lengua repasando el sexo perfectamente depilado de la actriz. 

Así entrarás mucho mejor, ¿lo ves? 

De eso se trata: de ver. De que me veas y yo a ti. De que me tengas y tenerte a ti. De querernos como si no hubiera un mañana porque no lo hay. De que no dejes de buscar mi cara cuando tuerzo el gesto al partirme en dos con la repetición de tus embestidas.Todo un compendio de virtudes que aparcamos con nuestras parejas oficiales y que llegado el verano recuperamos con nuestros amantes.

Será por eso, porque nos gusta que nos vean, por lo que yo me he cruzado estas semanas con cierta infidelidad perfectamente paseada. Parejas erráticas que no erróneas. Ya me cuido yo muy mucho de valorar si mejor con sus respectivos o con los amantes de este verano. Y entonces me doy cuenta la de años que hacía que no veía al infiel besando en la calle a sus amores de libro. 

Entramos en los cuarenta revolviendo los mismos armarios pero buscando en diferentes cajones. Los reyes del melodrama.

Nada más excitante que tentar a la suerte de que nos pillen. Ese debe de ser el único motivo por el que yo me cruzo por Chueca con el soldado que va a perecer en el campo de la indiscreción. Porque todos luchamos con las mismas armas. Nos gusta que sean otras manos, no las de siempre, las que nos quitan el vestido y acarician nuestra espalda. Otro olor más amaderado y menos dulce el que deja regueritos invisibles por nuestras corvas. Dedos que tuercen hacia otro cuadrante sorteando la gomilla de la braga, implorando camino libre. Calibramos los nuevos besos reconociéndolos como ajenos. Regalados. Caducos. Besos que no nos pertenecen, que no podremos guardar.
 

Amores de verano de los que no querremos ni acordarnos o como mucho pasarán a engordar una larga lista de pecados de los que no cumpliremos penitencia. Amores furtivos con los que no tenemos prejuicios. Amantes de los que no nos escondemos, el calendario ya echó a quienes nos obligan a disimular. Los que nos ven no importan. Los que nos duelen no ven. Los que presencian envidian. Calorinas batallas que ubican sus tropas apoyándolas en un coche aparcado en cualquier calle, tanques de deseo que separan las piernas, lo justo para que avancen en fila india los batallones que atacan detrás de la oreja, esos que se empeñan en demostrar aún más talante incluso cuando conquistan el bastión.

Y se apoderan de él. Estas batallas están ganadas. No habrá revancha. 

Siempre llegará el mes de septiembre a salvarnos de toda rendición.