jueves, 31 de julio de 2014

Cinco mensajes y ya estoy cachonda.





Ha llegado un mensaje. No tengo ni que mirar para saber quién es. Ha pasado la medianoche; en mi cama duerme quien quiero que esté y en la suya quien toque. Es jueves; aquí está. El jueves pasado me fui a dormir empapada. No quedó otra que enredarme en las piernas que encontré y deshacer el nudo de ganas que se me quedaron. 

- Ya llevo tus bragas. 
-¿Ah sí? ¿Cómo son? 
- Rosas. Transparentes. Con ribetes en negro y dos lazos pequeños encima de cada muslo. De culotte. 
- ¿Si abrieras las piernas vería tu coño? 

No, no lo verías. No te voy a dar la satisfacción de que lo tengas todo tan inmediato. A pesar de que esta noche es tuyo aunque no tenga ni idea de dónde estás y espere casi con ansia estos mensajes semanales que me obligan a alargar la velada esperando que encuentres el modo de tocarme a través de cada frase. 

- ¿Estás mojada? Tengo mi polla en la mano y empieza a estar dura... Voy a ponerme de rodillas junto a ti. 
- Ven. Yo estoy de pie ante ti. 
- Quiero oler tu coño. Aquí estoy. Con la nariz hundida en ese pedacito de tela.
- Cuando pasas tu nariz por el clítoris se hincha... 
- Voy a darle una palmada. Lo quiero más hinchado. Lo golpeo e inmediatamente lo lamo. Te lo sobo con la lengua, lo estiro con los dedos. Lo tienes rojo y muy mojado. 

Cinco  mensajes y ya estoy cachonda. Dos años y medio sin faltar ni a una sola de estas citas en las que dejo que me desnude, me sobe, que entre en cada uno de mis agujeros usando y usándolos como él quiera. Como a mí me gusta. Exigiéndole que me describa con detalle qué es lo que hace y no protestar ni cuando se empeña en follarme por todo lo alto. Y lo ancho. 

- Quiero que te quites las braguitas y me las metas en la boca. Colócate después a cuatro patas. Ábrete el culo con las manos y enséñame ese agujerito que tanto te cuesta entregar. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una polla ahí? 
- Es tuyo...
- Tienes pinta de no hacer un trío desde hace tiempo. La semana que viene vendré con una amiga que le encantará meterte los dedos bien dentro mientras yo te lo como. Pero hoy estoy inmerso en tu culito. 

Hace meses que no invito a terceros a mi cama. Y semanas que no entra nadie en ese agujero por el que se abren paso las letras de mi amante. Mis bragas están mojadas, no puedo evitar tocarme con una mano mientras con la otra sostengo el teléfono móvil desde el que me están follando. 

Porque ahora mismo, me están follando. 

Los dedos de mi amante entran y salen a través de las frases luminosas que me llevan hasta su lado. Siguiendo el ritmo apropiado; el mejor. Ése que escupe en frases certeras y concretas. Sin rodeos, sin medias tintas. Haciendo que siga sus embestidas con la misma devoción que si sudáramos juntos estas sábanas.

Un tío que escribe así sabe hacerme gemir. Es sexo; sexo 2.0. Me vale. 

miércoles, 23 de julio de 2014

Aquí mando yo

Shibari, doctrina sexual japonesa. 




No podrías moverte aunque quisieras. La cuerda te aprisiona los brazos por detrás de la espalda, inmovilizándolos uno junto al otro, encontrando anclajes en cada nudo de tres vueltas que divide los cordajes. Filigranas de pita que rozan en las muñecas, los antebrazos y hasta los hombros. Te escuecen los arañazos. Te duelen. Se arranca la piel cada vez que te mueves lo más mínimo, recordándote que no debes ni intentarlo.  

Separa aún más las rodillas; la serpiente te lacera las ingles con un simple tirón. Desde los tobillos hasta la cintura, cada pierna marca el recorrido de la desventura de tu excitación. Ésa que te provoca distinguir la sumisión. Ábrete. Más. Quiero ver tu sexo y saber que late acelerado por si ando cerca. Ojos vendados, manos detrás de la espalda junto a las nalgas de las que emergen tus piernas. Patas de araña que ahora se recogen con la cuerda y que te postran en esta posición. 

La que quiero y como quiero. Aquí mando yo. 

Ni siquiera tendré que rozarte. Bastará con que tense un poco la cuerda. Que tire de ella hacia mí, para que tú gimas de placer. Aunque te duela...Me costará distinguir semejante combinación cuando te retuerzas. ¿Qué es? Dímelo. Será un placer escucharte tratando de explicarme por qué te gusta tanto. Trata de justificar que no poder moverte te relaja; verbaliza como puedas que cada arañazo de esta soga te obliga a dejarte mecer a mi antojo, de puro sufrimiento. Sobre todo explícame por qué te gusta tanto.  

Debajo del corsé, los músculos lasos, relajados, tranquilos. Se desatan las contracturas de la espalda con cada arañazo del cordel por muy vasto que sea. Te abandonaste a esta tortura a la primera lazada. Con esa que nació como un rosetón juntando las correas que bajan desde el cuello para tensarse debajo de cada pecho. Solo con pasar el dedo por el borde de la cuerda me basta para que te venzas ante mí. Y eso que apenas la rozo. Sólo pensar que pudiera pasar esta soga por esa polea que tienes sobre la cabeza te parte en dos. 

Sí, claro que sí. Quieres que lo haga. 

Hacer de ti el cubo que sube cargado de agua desde lo más hondo de tu pozo. Suspender todo tu cuerpo en el vacío amarrado a esta maroma para que te horade la piel hasta hacerte gritar. Quiero que grites. No pararé hasta que no me lo supliques. 

Sin follarte. Para qué. Qué necesidad hay de banalizar este santo orgasmo. Si en cada jirón que has dejado en el cáñamo te has desprendido de todo lo que te aleja de mí, de lo que nos separa. De toda esa mierda que nos convierte en pareja pero no por eso en amantes. Yo sólo elijo amantes sin un rescoldo de infelicidad. Y la tuya se ha desprendido en cada tirón de la cuerda que aprisiona y lacera todo tu cuerpo. 

Siempre te dije que te daría todo lo que quisieras. 
Hoy ya sabes que además lo tendrás como más te gusta. 

De eso se trata. 

jueves, 17 de julio de 2014

Infidelidad, bendito tesoro.

Milo Manara


Me gustan las noches de los viernes. Se me antojan cuajadas de sorpresas que corroboran la premisa de que acabo el día con más expectativas. Nadie sabe lo que nos deparará el fin de semana. Y yo siempre he deseado reventar las expectativas de cuantos me rodean. Conocidos o por descubrir. 

Este viernes va a tener una noche de infieles. Sí, decidido. 

Infieles que sucumben ante otras manos arrancándole la ropa, nuevos dedos cuyo grosor no golpea donde siempre ahí adentro. Bocas que muerden donde no tienes marcas, que lamen saliéndose del recorrido. Gemidos cuya cantinela no podrías enmarcar en ninguno de tus recuerdos. 

Un falo diferente, un coño que no sea el propio. 

Otros. Otras. 

Y tú. 

Así de sopetón esos son los detalles de la infidelidad. Follar con quien unge con su lengua entre tus piernas carnificándolas. Bienvenida sea la sorpresa de no adivinar cuánto va a tardar en meter también los dedos.. 

Llevo toda la semana repasando a ver si conozco a alguien que no haya sido infiel alguna vez en su vida. Uno, uno solo. Y a los que les presupongo que no han sucumbido al hechizo de echar un polvo fuera de la pareja, no les ha quedado otra que asumir que la bomba de relojería les explotó en la cara. ¡Boum! 

Nos damos de bruces con la infidelidad a los quince años. Había sido el primero que me había metido mano en mi portal. Seis semanas tardó. Seis. Y fue coronar mis pequeñas montañitas y tardar menos de una en enrollarse delante de mi cara con una que era mayor y que no tardaría tanto como yo. Creo recordar que con esa aguantó un par de meses. Nadie dijo que a mí me gustaran los que querían novia.  

Perdonar lo que haya que perdonar que lo gestione cada uno a su gusto. Y yo ya lo saben, llevo los cuernos de marcaSerá infidelidad acelerarse de más al no distinguir el olor con la que restriegas. Ya verás tú si te pones a descubrir si puedes con todo lo que trae de serie sin haberlo pilotado. 

Los viajes de trabajo no merecerían la pena si no fuera porque en alguno amaneces en una habitación dos plantas por encima de la que guarda tu ropa. A nadie le gustan las jornadas laborales en otra ciudad si después de esa ducha sanadora no existiera la posibilidad de  que te sorprendieran con sexo redentor. De ése con el que pecamos. Elegimos alejarnos de nuestra vida para montarnos una nueva película. Dándole la parafernalia exacta para que no pase más allá de una muesca en el revólver. A ver si ahora no vamos a poder pecar como manda la santa madre iglesia; aún quedan los que comulgan con ella. Puestos a asumir la existencia de Dios exijo que haya sido él quien inventó el sexo. Ya seré yo la que envenene la manzana y elija quién la muerda. Pobre de Adán si la buena de Eva no le hubiera dejado largarse con ella del Edén aquel. No debía de follar tan mal, de eso estoy segura. 

sábado, 5 de julio de 2014

Verano, por fin.








"Gulliverina" de Milo Manara




Qué bien que por fin el calendario se situó dónde mejor puede estar para que yo me venga arriba. Esas fechas en las que lo mejor que me puede pasar es no tener más obligación que descansar de todas y cada una de mis aristas y seducir a los tipos que ponen el verano como excusa para pasar como una exhalación por mi vida. 


Me encantan los amores de verano. 



Toni se llamaba el chaval que me dio mi primer beso en los labios. No tengo ni que pararme a pensar mucho para recordar los detalles que interesan: playa de la base militar de Pollença (Mallorca). Media docena de niños y niñas que pasábamos una quincena de retiro con nuestras familias, en residencias de verano instaladas en cuarteles y bases militares que el Ejército del Aire destina para sus trabajadores. Buen precio, excelente servicio y en lugares fantásticos. 



Un lujazo, oigan. 


Toni había llevado en la cesta de su bicicleta un cassette de esos que los macarras un poco mayores denominaban "loro". El suyo con doble pletina, lo más. Era el líder de la pandilla: mayor que los demás, él empezaba el instituto en septiembre; pelo castaño, alto. De esos a los que el verano, tostaba la cara y clareaba la medio melena. Un puro nervio de chaval, sin músculo de gimnasio pero sí de enredar. El que mejor montaba en bici (hasta sin manos), el que daba volteretas antes de caer sobre el agua después de salir disparado de la toalla, el que chapurreaba un poco de inglés porque sus padres eran mallorquines y él tenía la suerte de ir cada verano. Manos enormes, un 45 de pie, tres palmos más alto que el otro niño de la panda y lo más importante del mundo: mellado. Un triángulo perfecto en los incisivos centrales convertían su dicción en un seseo insolente que me enloquecía.


Cuando hablabas con él era como si conversaras con una serpiente...

Y encima más bueno que el pan. Brutal. 

Que fuera el primero que me tumbó en la arena para pegar sus labios a los míos y llenarme el pelo de conchitas diminutas, marcaría mi forma de disfrutar todos los veranos que han de pasar por mi vida. Aquel beso me lo dieron la última noche de la pandilla juntos. A la mañana siguiente regresábamos a Madrid y de ahí cada uno para su pueblo. No saben lo lejos que está Cuatro Vientos de Getafe sin el MetroSur. Máxime cuando tienes doce años y te besa uno de quince. 

No lo he vuelto a ver en toda mi vida.

Si de algo soy penitente es de la cofradía del santo verano. Yo también entro en éxtasis en  mis procesiones. Abriendo mucho los ojos para no perderme detalle del bálamo que lamo. Arropándolo dentro de mi boca, arrastrándolo hasta el fondo del pozo, encogiéndoseme la garganta cuando roza cualquiera de mis dos campanillas. Dos, sí. Recuerden que yo tengo dos. De ahí que mis autos de fe pasen por ellas. Para volver a sacar su pene apretándolo en los labios, regodeándome en el cáliz que guarda el vino de su santidad.

Y no parar hasta beberlo.

Igual que por las calles sevillanas los feligreses cantan saetas desgarrándoseles la voz honrando un trozo de madera, yo rezo a voz en grito las oraciones en cada penetración con amén incluido. A mí también se me saltan las lágrimas de emoción viendo a mi santo cuando brota mi garganta y me explotan las entrañas en un pedazo de polvo. Ese, santo y divino. Yo también quiero terminar con las muñecas laceradas de que me agarre los brazos contra las sábanas de cualquier cama. O los cinco débiles moretones en cada una de mis caderas que demuestran que me colocó para clavármela hasta el fondo.

Sí, mi liturgia deja también marcas. Y sólo encuentro bálsamo en dedos ajenos que las acarician de noche en las terrazas. Siempre lo asocio a noches cargadas de sexo... "Contigo Dentro".

Qué suerte tengo de que por fin sea verano.



jueves, 29 de mayo de 2014

Querido profesor de universidad


Milo Manara



Qué mejor altar para él que aquel estrado de la facultad desde el que daba clases. Lo recuerdo alto, o al menos siempre me lo pareció, bien vestido sin estridencias: pantalones vaqueros y camisas. Un toque elegante sin ir hecho un pijo como muchos a los que servía copas para pagarme la Universidad. Un discurso perfecto. Periodístico. Capaz de que te buscaras en la feria del libro antiguo los "Artículos escogidos" de Mariano José de Larra por gusto. Sólo por gusto. 

Ya se había encargado él de provocarte para que quisieras leer los artículos de un periodista que trabajaba en plena Década Absolutista de Fernando VII. "El Molesto", que diría Forges. Te había convencido desde el altar de la clase de historia del periodismo español, quinto curso, en una de esas homilías en las que al situarte, te aventuraba que Mariano José de Larra sufría como tú y como todos, por amor, desamor, indignación y pecados. A mordiscos, escupitajos y clamores al cielo. 

Cómo ibas a perderte leer esos artículos... 

Encima lo ponía difícil. Mucho. Aprobar su asignatura sólo era posible si se contestaban  todas las preguntas. Tenías que saberlo absolutamente todo.  No iba a ser siempre tan fácil como entrar en una de las televisiones privadas emergentes en aquellos noventa. Y cuando se lo contaras debías hacerlo bien, como una profesional. Porque el discurso con el que expondrías tus plegarias determinaría también tu éxito o fracaso. Tu contrato con él, con don Benito, establecía que debías aprender historia del periodismo español. No cualquier cosa. 

Yo lo llamaba don Benito. Se lo anuncié al final de una clase, al acercarme a hacerme notar. Le expliqué que si tan fascinante era Benito Pérez Galdós, al que citaba continuamente, le pedía permiso para llamarlo así, en vez de por su nombre. A aquellas alturas de curso quedaba claro que me gustaba su historia y me gustaba él. Y mi profesor se había dado cuenta de ambas. 

En sus homilías hacía referencia a las tardes que pasaba en el Ateneo de Madrid de la calle del Prado. Y cómo terminaba casi siempre tomándose unos vinos en "la Venencia", en Echegaray. Todo calles del barrio al que yo me había trasladado un par de años antes y cuyas esquinas descubría con todos los que tuvieran una cicatriz que mereciera lamérsela de principio a fin..

Fue una delicia aprenderme su doctrina...

No hizo falta siquiera que aquel profesor me hiciera el más mínimo caso; nunca me lo hizo. Bastó con que me permitiera llamarlo don Benito. A mí. La misma que dejaba que el portador de un costurón glorioso en su cadera izquierda, la arrinconara  contra la pared del número 2 de la calle Cervantes; sabía que me ponía cachonda que me follaran en la casa de CervantesQué pena que en aquellos años viviera en esa finca Juan Alberto Belloch entonces ministro. La de escoltas que había en el portal y la de veces que impidieron que yo me corriera. Me conformé con la ocasiones en las que me metieron mano en los aledaños apoyando las dos manos en una pared de esa calle, abriendo las piernas, dejando que mi acompañante me acariciara y se empecinara en clavármela allí mismo. A mí lo que me ponía era que fuera la casa de Cervantes, que Belloch durmiera en uno de los terceros y que pudiera aparecer don Benito en ese mismo instante. Quería que me viera maleando por Madrid con los artículos de Larra en el bolso. 

Denme un buen profesor capaz de hacerme entender lo que él ya conoce. Uno que me aporte mucha literatura. Déjenme que le rece, que le suplique que cuente más. Que aprenda sus evangelios y pueda trasladarlos a mi vida. Soy la más fiel devota del que enreda en esos evangelios. 

Y en esa liturgia, de rodillas, sí que soy poderosa. 



jueves, 1 de mayo de 2014

Contigo dentro, infiel.

"Valentina" de Guido Crepax


Desde que nos hemos sofisticado por esta maraña de información que nos inunda, la vida sexual de cualquiera es de lo más fascinante. Un simple vistazo al smartphone de turno y sabemos dónde están todos y cada uno de los que nos interesan. Perdemos poco tiempo en enterarnos de las apetencias, esperanzas y gustos de los que llaman nuestra atención, Twitter y Facebook nos exhiben a la perfección. Basta darte un par de veces de bruces con alguien mínimamente interesante para que memorices un avatar y con su próxima genialidad, en vez de conformarte con retuitear o marcarte un FAV, ¡zas! ya te sigo. 

Marcas los límites centrándote única y exclusivamente en los que llaman tu atención; hay que seducir a golpe de 140 caracteres. Toques cortos, al pie. Pases perfectos al de enfrente para que uno de los dos marque el tanto correspondiente y  lance el primer DM. Nuestro spanglish ha hecho posible que alguno llame a sus seguidores "followers" conjugando a la perfección el verbo "to follow" hasta crear expresiones tan explícitas como "déjame que te followee esta noche", que la lees en el Metro y das un respingo fijo. 

Si lo hace en público o por medio de un DM determina bastante las intenciones. Sé infiel y no tuitees con quién. 

Incluimos las redes sociales en la cacería y lo hacemos sin remordimiento. Somos capaces de hablar de todos y cada uno de nuestros pecados desde la platea de nuestros perfiles. Y es la fidelidad la que marca el límite de cada uno. Pocas cosas son tan personales en la vida sexual de un individuo que cómo se lleve consigo mismo para hacer frente a todas y cada una de las veces que se muera por poner los cuernos. 

No vaya a ser que apetecer, apetezca casi siempre. 

Quiero que me cuenten y de paso, a toda la platea, qué es la fidelidad y también la infidelidad. Cuál consideran virtud y cuál es pecado. No hay historia de amor que se precie que no tenga un buen par de cuernos. Y no siempre supusieron un drama. El mayor ejercicio de honestidad es reconocer si podemos seguir junto a la persona que amamos y con la que compartimos nuestra vida aunque abra la boca para lamer un sexo que no sea el nuestro. 

A ver quién es el que resiste a no mortificarse aunque sea un poquito. 

Kiko Amat es capaz además de ponerle música a todo esto con esta lista de diez canciones que son las favoritas de cuernos, pillada y rupturas. No sé con qué frecuencia leen Jot Down; yo siempre que puedo. Siempre termino enterándome de cosas de muchos de los que deambulan por mi TL gracias a lo que cuenta la revista de marras. ¿Hay algo más apetecible? 

Me muero de ganas por saber si son fieles o infieles, si son capaces de soportar las estocadas de otros. Si son de los que dejan claro en las primeras cenas qué posibilidades hay de enredar en cama ajena. Rubrico la etiqueta #ContigoDentroInfieles para ordenar en mi carpeta de trabajo y lanzo la propuesta. 

Con lo que me gusta a mí hablar de sexo y lo bien que se me da que me imaginen, ya hay algún interesado en saber si la chupo como lo escribo


lunes, 21 de abril de 2014

Conmigo dentro



Una vez que ya ha resucitado dios vuestro salvador, digo yo que podríamos ponernos de nuevo a hablar de lo que verdaderamente importa, que al fin y al cabo somos nosotros. Si es lo único, para qué mentir, si no de qué tengo yo este disgusto porque el jurado del III Concurso del Bistró que ha montado La Central no ha tenido a bien que quede finalista con mi cuento. Con lo que me costó que fuera tan corto. Nerviosa crucé los dedos con la esperanza de que al menos fuera una de las elegidas a creer que lo merecían. Con todas esas dosis de melodrama que le doy yo a todo lo que me pasa y después de haber imaginado a alguno de los componentes del jurado preguntándose si era efectivamente yo,  la otra Celia Blanco, la que aspiraba a su beneplácito. 

Pues no. No gustó. Solo dos mujeres  entre tanto hombre y ninguna sería la Tana.  Pues no me llevo yo bien con los hombres como para haberme merecido una tarde de risas con todos ellos... Enhorabuena a los candidatos y suerte con el veredicto final. Yo, por lo pronto, dejo aquí mi cuento.

Voy a seguir pensando, quieran o no, que el sexo es mucho más divertido conmigo dentro...



UN HOMBRE HONESTO


            Ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta si cuando mi abuelo contrabandeaba en Chafarinas, aprovechando su condición de militar, no escondió también algún secreto de su padre, el Argentino. El rubio porteño que llegó a Melilla justo con las primeras trifulcas de la Guerra del Rif. El que se enamoró de una musulmana que se arrancó el velo, cambiándose el nombre e inventándose una vida.

            La única herencia que mantenemos en esta familia.

            Con ellos se crió mi padre, con sus abuelos. Creció con la Mora y el Argentino, como los llamaban en Melilla. Con ellos dos y con su primo Sebastián. El primo Sebastián era el único hijo de la tía Virtudes, la segunda hija del Argentino y la Mora, la que murió de una neumonía justo cuando los dos primos dejaron de usar pañal, lo que llevó a los padres y hermano de la muerta a determinar que Sebastián no podía criarse solo. Al fin y al cabo mi padre tenía dos hermanos más y el pobre primo por no tener no tenía ni padre. O sí. Un padre que tenía otra mujer que no era la tía Virtudes y una recua de infantes a los que sacaba a pasear.

            El primo Sebastián y mi padre se criaron juntos. Mi padre se quedó retorcido porque su hermano lo torturó haciéndole lo que hace cualquier hermano mayor: burlarse del más pequeño asegurándole que vivía con los abuelos porque su familia no lo quería. Tanto lo repitió que mi padre dejó de quererlos de cuajo.

            Bajaban mi padre y su primo Sebastián la cuesta de Santa María Micaela con el diablo entre las piernas. Vinieron a decirle a la Mora que algo le pasaba al Argentino. Que no había sentado siquiera a los de la última sesión. El abuelo de mi padre era el acomodador del cine Iberia, el mismo que había perdido en una partida de póker en la que se presentó la Mora con los niños de la mano. A gritarle a su marido que saliera de aquella timba tan maldita como en las que había perdido las dos farmacias.

            Las dos.



         Sin aliento llegaron los primos al cine Iberia. Fermín, el de la taquilla, abrió la puerta y los conminó a guardar silencio. La película llevaba rato y él solo dejaba entrar a su mujer con la sala a oscuras para que viera el estreno sin pagar la peseta con setenta y cinco que costaba la sesión doble. Así que cuidado chavales; ahí lo tenéis, en la última fila.
            NI ruido hicieron los primos hasta llegar a su abuelo, su padre, o lo que fuera el viejo a aquellas alturas. Ahí estaba, sentado en una butaca, los ojos abiertos y una mueca de risa floja en la cara. Las manos juntas debajo de la tripa, sobre las piernas. Frío. Rígido.

            Era la primera vez que veían un muerto y encima era su abuelo.

            Fue mi padre el que se atrevió a tocarlo. Le cerró los ojos igual que había visto hacer en las películas de la sesión de los sábados a las cuatro. Su primo Sebastián mantuvo las distancias y apenas se envalentonó antes a mover la mano frente a los ojos del hombre a ver si reaccionaba y les daba la alegría de estar haciendo el bobo. Pero no. Estaba muerto.

            En la pantalla, un tipo gris junto a una rubia despampanante. De esas que de guapas se salen. Con una boca y unas curvas convexas que pedían comérsela a mordiscos. Pelo corto, ondulado. Y un bendito lunar en su mejilla izquierda. Detrás de los dos adolescentes, hercúlea y magnífica, ella. Comentando no sé qué de Nueva York en verano, cuando pocos se quedan con esa humedad y calorazo, y  mandan a la playa a la mujer y los hijos. En la butaca, tieso, el abuelo con las dos manos ocultándose las partes pudendas.

            Mi padre se habría ahorrado el trauma de ver muerto a su abuelo si hubiera vivido en la casa familiar. Pero él no quería a sus padres como a aquel argentino al que le cerró los ojos. Y mucho menos prefería a sus hermanos al niño de doce años que lo lloró con él. Que los Blanco eran unos sinvergüenzas quedaba claro en cualquiera de las dos casas, en Melilla o Chafarinas. Solo que el Argentino enseñó a mi padre lo que era ser un hombre honesto: el que ante una hembra como aquella que muestra las columnas de la perdición, le estalla en mitad del pecho el corazón.

            Y al tiempo, se le revienta la entrepierna.